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Venezuela, la pesadilla interminable

13 nov 2017 / 00:00

    Lo único bueno de las pesadillas es que terminan. Hasta en la ficción, llega un momento en que hay que hacer un punto final. En Venezuela, el régimen de Nicolás Maduro desacredita a la imaginación, vuelve bondadosos hasta los sueños más crueles y como en las obras de teatro de los existencialistas franceses, reafirma que el infierno es para siempre aquí en la tierra.

    Lo dijo la semana pasada el presidente Juan Manuel Santos en una entrevista después de haber recibido el premio anual del Instituto Real de Asuntos Internacionales del Reino Unido, Chatham House: “Si me preguntas cuáles son mis pesadillas, pues mi peor pesadilla es Venezuela”.

    Pueden hacerse mil conjeturas sobre la expresión de Santos: desde un “mea culpa” por haber tenido que andar en compañía del difunto Hugo Chávez o su percepción política de que lo que está sucediendo en Venezuela es catastrófico y va a afectar seriamente a Colombia, que tiene ya 500.000 venezolanos residiendo en el país. Lo que nadie puede negar es que diplomáticamente es un pistoletazo que niega todas las afirmaciones del régimen sobre la gravedad de la crisis venezolana.

    En realidad, lo dicho por Santos se lo puede comprobar en todas las ciudades de América del Sur. “Son tantas las nubes de inmigrantes que nos hemos vuelto un tema incómodo en otros países... se está yendo gente que ni siquiera tiene las condiciones mínimas para hacerlo. A contravía. Sin ahorros, sin empleo seguro, sin hogar preciso. Huyen a ciegas”, escribía Leonardo Padrón hace pocos días para pasar a describir lo que es un viaje desde la terminal Rutas de América, de donde todos los días parten buses repletos de venezolanos a los países cercanos, dejando atrás familias, padres, amigos, sin más compañeros que su valor y su incertidumbre, su coraje y su tristeza.

    La diplomacia internacional no ha podido detener la pesadilla venezolana. Frente a la búsqueda de decisiones consensuadas y el apego al derecho, la Ley del Odio, que criminaliza la disidencia y destruye las libertades. Una pesadilla que es “una referencia en el mundo”.

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