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Sabio humanista

13 feb 2018 / 00:00

    Me formé como tantos otros escritores de la década de 1970 con la lectura de los cien Clásicos Ariel, aprendiendo el método generacional que Hernán solía aplicar conjuntamente con las sanas reglas científicas de la crítica histórica, literaria, gramatical y estilística. Eran las apasionadas lecciones de un maestro, exigente, erudito, impecable, de aquellos que no suelen obsequiar adjetivos, que no escatiman el esfuerzo documental y bibliográfico para escudriñar los más inescrutables asuntos. Por eso sus obras continuaron ordenadas, perfectas, fáciles de leer para atrapar el interés del lector común, del lector curioso y del erudito. Y todo ello sin desmayar un ápice en casi medio siglo que corrió de 1970 hasta su fallecimiento en 2017. Tanto esfuerzo y entrega a sus congéneres en el campo de la cultura y el arte de su patria, indudablemente constituye un ejemplo en el manejo de nuestras bellas letras. Y quién creyera, los envidiosos que nunca faltan, comparándose con el genio, se resentían, pero él no les hacía el menor caso. En sus críticas se encuentra mucho de la virtualidad de un Benjamín Carrión, siempre ágil, desenvuelto y galano; de la erudición clásica y estricta del padre Aurelio Espinosa Pólit. Pero los superó a ambos, pues tuvo lo mejor del uno y del otro. Asombra cómo pudo leer tanto para tratar a profundidad temas tan disímiles y todo ello explicable únicamente por la férrea disciplina aprendida en la “ratio studiorum”, más la imaginación certera, la memoria prodigiosa, la responsabilidad de un dómine justo y al mismo tiempo profundo y agradable, pues supo enseñar agradando. Desde sus comienzos en los años setenta nos transformamos muchos jóvenes de entonces, primero por curiosidad y luego por admiración siempre creciente. En sus numerosísimos lectores y permanentes alumnos, y en mi caso, puedo aseverar que sin la ayuda de sus libros y los de Fernando Jurado Noboa, posiblemente no hubiera podido escribir buena parte del Diccionario Biográfico del Ecuador, que va por el volumen 23.

    No estuve en el país cuando ocurrió su fallecimiento pero hubiera querido viajar a Quito para tributar mi sentido y respetuoso pésame a sus familiares, y acompañar al querido y cordialísimo maestro en su traslado al camposanto. Queda su memoria, que será siempre venerada por gratísima a los ecuatorianos, así como ciento veinte y ocho volúmenes enjundiosos y al mismo tiempo bellos, para solaz de las presentes y futuras generaciones de mi patria, muchos más aún inéditos, y miles y miles de eruditos artículos periodísticos aparecidos en Hoy, en Expreso, en Diners, etc. Hermosas y acabadas síntesis de los más diversos aspectos de la cultura ecuatoriana y que una mano amiga deberá recoger en el futuro. Hernán ha sido el único escritor ecuatoriano presentado a tres Premios Internacionales: el Príncipe de Asturias en dos ocasiones, en 1992 y el 2007; el Juan Rulfo el 2003, y el Miguel de Cervantes el 2008. Lástima que en el exterior nos sigan considerando una nación pequeña, pues de otra manera se hubiera hecho acreedor a alguno.

    De estatura más que mediana, contextura regular, blanco tostado por el sol, pelo negro y ondeado, músculos trabajados en sus diarias prácticas gimnásticas y de natación. Hablaba claro, fluido, sin acento alguno y con propiedad, sobre los más diversos temas, y por eso se le reconocía como el perfecto humanista, el crítico mayor del país, a quien se consultaba en Ecuador, España y Latinoamérica. La patria le debe mucho al ilustre humanista ecuatoriano del siglo XX y el Gobierno nacional aún no le hace justicia.

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