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¿Puede el mundo árabe evitar el abismo?

06 dic 2017 / 00:00

    En noviembre, acontecimientos inesperados revelaron la gravedad del estado de cosas actual en el mundo árabe. El primer ministro libanés anunció desde el extranjero su renuncia (más tarde se desdijo). Un misil lanzado desde Yemen impactó Riad, capital de Arabia Saudita. El Gobierno saudita desplegó una masiva campaña anticorrupción en la que cayeron numerosas personalidades de alto perfil. Egipto sufrió el peor atentado terrorista del que se tenga memoria, con más de 300 civiles muertos o lesionados. Filmaciones de presuntas subastas de esclavos en Libia pusieron de manifiesto el caos en ese país tras la total desintegración del Estado libio. Dos hechos positivos, las victorias militares contra Estado Islámico y el reacercamiento de las facciones palestinas de Gaza y Cisjordania, no han podido aplacar la inquietud colectiva de la región, ni inspirar confianza en que de algún modo el mundo árabe podrá sustraerse del abismo. La interferencia extranjera en Siria, Líbano, Irak y Yemen ya es rutina. Y las polémicas en torno de la política identitaria y las fronteras en el Levante son preludio de graves desafíos. Hay muchos motivos para acusar a potencias extranjeras por el peligroso estado de cosas de la región, pero el mundo árabe tiene también muchos problemas de factura interna, como una gobernanza ineficiente e ineficaz, alianzas cuestionables y falta de desarrollo de las capacidades nacionales. Toda región que sea impotente para definir su propio futuro y en la que la mayoría de los ciudadanos sienten que no tienen derechos va camino del desastre. El mundo árabe es tradicionalmente conservador, pero casi 70 % de sus ciudadanos tienen menos de 35 años de edad, y en la mayoría de países los jóvenes padecen las más altas tasas de desempleo. Esto supone un enorme despilfarro de recursos y un grave problema sociopolítico a largo plazo, entre otros desafíos. Los árabes deben tomar las riendas y convertirse en la fuerza principal que defina el futuro de la región. Deben seguir vinculándose con el mundo exterior y fortaleciendo alianzas y relaciones estratégicas, pero volverse menos dependientes de otros; desarrollar recursos de seguridad nacional propios, lo que realzará su influencia política y les dará más herramientas diplomáticas para encarar los problemas regionales y evitar conflictos militares. Deben defender las identidades nacionales; para ello necesitan instituciones fuertes que provean gobernanza eficiente e inclusión social. Deben reconocer que la reforma interna es el mejor modo de prevenir la interferencia extranjera y defender los intereses nacionales. Los resurgimientos árabes de los últimos años revelaron una clase media centrista que anhela el cambio. También necesitan más opciones económicas, políticas y de seguridad, para adaptarse a las cambiantes circunstancias. Finalmente, necesitan confrontar actitudes hegemónicas regionales y la ocupación ilegítima de tierras árabes. Las soluciones a los problemas actuales deben respetar las aspiraciones de los pueblos que buscan soberanía y un Estado propio. La dirigencia árabe debe bosquejar una visión para el futuro de las relaciones entre los árabes y un plan de cooperación con los vecinos no árabes en torno de las oportunidades y desafíos regionales, y explicar cómo proveerá a sus pueblos de una mejor gobernanza interna.

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