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Próximos retos del mundo árabe

20 jun 2017 / 00:00

    Pasados 50 años de la Guerra de los Seis Días, que marcó el inicio de la ocupación de Israel de Jerusalén este y Cisjordania, Oriente Próximo sigue siendo una región en crisis perpetua. Si queremos romper el ciclo moderno de crisis de esta zona del planeta, no debemos perder de vista el futuro. Cuatro tendencias están preparando una nueva serie de problemas para la próxima década. La primera afecta al Levante. Ya se ha desmoronado el orden posotomano que surgiera hace un siglo, basado en el nacionalismo árabe secular. Irak y Siria, que le dieron peso, han perdido su autoridad central y seguirán políticamente fragmentados y socialmente polarizados por al menos una generación. En Líbano, el sectarismo sigue siendo el factor definitorio de la política. Jordania ha alcanzado su punto de saturación de refugiados, y el constante ingreso de personas está sometiendo los recursos limitados a una presión cada vez mayor. En el conflicto palestino-israelí no se advierte ninguna nueva iniciativa o circunstancia que pueda romper el estancamiento. En Oriente Próximo seguirán circulando grandes cantidades de desplazados a las zonas más tranquilas de la región y a Europa. Es probable que ocurran disputas cada vez más intensas en torno a identidades nacionales, y tal vez incluso a la redistribución de fronteras, procesos que desencadenarán nuevos enfrentamientos. La segunda tendencia afecta al norte de África. Los Estados más poblados de la región (Argelia, Egipto y Marruecos) mantendrán los órdenes sociales y políticos que se han arraigado en las últimas seis décadas de su historia poscolonial. Sus estructuras gobernantes gozan de un amplio consenso popular y del apoyo de organizaciones influyentes, como sindicatos de trabajadores y agricultores. También tienen mecanismos efectivos de coerción que sirven de respaldo para una estabilidad relativa. Pero nada de esto garantiza que las cosas salgan bien para estos gobiernos. Por el contrario, están a punto de enfrentarse a una enorme curva demográfica juvenil, cuyas consecuencias son una intensificación de la intranquilidad social y flujos migratorios potencialmente importantes hacia Europa. El Golfo solía ser una válvula de seguridad regional: su países absorbieron a millones de trabajadores. Pero, y en esto radica la tercera tendencia clave, las economías del Golfo ahora están experimentando una mejora, ascendiendo varias cadenas de valor industriales, lo que reduce su dependencia de trabajadores extranjeros de baja calificación. La cuarta tendencia: se cuestiona cada vez más el papel social de la religión. Las guerras y crisis de los últimos seis años han revertido gran parte del progreso del islam político en la década anterior a la Primavera Árabe de 2011. Por un lado, existe un radicalismo cada vez más arraigado. Por otro, una corriente de jóvenes musulmanes que plantean una comprensión más ilustrada de su religión. Los líderes pueden invertir de manera inteligente y a gran escala en educación primaria y secundaria, en pequeñas y medianas empresas (que constituyen la columna vertebral de las economías árabes) y en fuentes de energía renovables (apoyando así la modernización de las cadenas regionales de valor). El intentar dar respuesta a las frustraciones socioeconómicas de los jóvenes, puede mitigar muchas de las consecuencias a largo plazo de estas tendencias.

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