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Política migratoria inteligente

14 jul 2018 / 00:00

    En Europa las noticias relacionadas con inmigración ya son cosa habitual. Pero el debate sobre política migratoria sigue plagado de ideas erradas y politización. En el RU la votación favorable al “brexit” se debió en parte a afirmaciones falsas y distorsionadas, como por ejemplo que la inmigración irrestricta desde el resto de Europa presiona sobre los salarios a la baja. Tras el referendo se dieron similares distorsiones, como alertar que en cuanto abandone la UE, el RU padecerá falta de personal cualificado, a pesar de que muchos países como Australia, Canadá y Singapur se las arreglan perfectamente sin libre movilidad de personas, apelando a entregar visas en función de las aptitudes profesionales. Esas distorsiones de las fuerzas europeas favorables y contrarias a la inmigración han impedido sistemáticamente un debate sosegado sobre el tema. Incluso tienden a citar solo aquellos estudios y datos que respaldan el punto de vista propio, impidiendo acordar soluciones creativas y eficaces. Por los años que llevo estudiando la migración internacional de trabajadores altamente cualificados (además de mi experiencia como inmigrante), creo que un debate racional y equilibrado debe tomar como punto de partida la perspectiva de los inmigrantes mismos. Este fenómeno sumamente variado depende de una diversidad de factores: nacionalidad, nivel de cualificación, tiempo de estadía esperado en el extranjero y motivación. La experiencia de un especialista en medicina indio que se radica en forma permanente en el RU es muy diferente a la de un trabajador de la construcción rumano que se traslada a Francia en busca de mejores salarios. Las experiencias de ambos en cuestiones como la facilidad para hacer el viaje o las condiciones de vida al radicarse son muy diferentes a las de un refugiado sirio que busca quedarse en Alemania hasta que termine la guerra civil en su país. Lo que sí tienen en común es la motivación de mejorar el nivel de vida mediante el acceso a un puesto más prestigioso, un salario más alto o más seguridad personal. Esto reduce el desafío de la migración económica a una cuestión de intermediación laboral. Es necesario reunir a los migrantes económicos con empleos, tal vez por medio de la creación de agencias de empleo para los principales países emisores de inmigrantes, o de un programa inspirado en el esquema de intercambio de refugiados entre la UE y Turquía, donde se pone una cantidad de visas laborales rotativas a disposición de cada país según la cantidad de inmigrantes económicos ilegales repatriados. En el país receptor, los inmigrantes deben tener protección para sus derechos. Aunque no pleno acceso a los derechos políticos y beneficios sociales propios de los ciudadanos locales. Otra solución innovadora que puede funcionar es el esquema suizo de “permisos G” para extranjeros residentes en una zona de frontera del país nativo. Deben volver al país de origen al menos una vez a la semana. ¿Podría la UE crear su propia categoría de “zona de frontera”? Negarles privilegios asociados con la residencia en el país receptor parece incompatible con los valores de la tradición liberal e igualitaria de Europa. Pero ante una Europa xenófoba ¿qué es mejor para los recién llegados que buscan desesperadamente empleo: ser aceptados con condiciones o ser rechazados de plano? A inmigrantes cualificados les será más fácil integrarse en la sociedad receptora, a la que pueden aportar más valor, y pueden enviar más dinero al país de origen en forma de remesas que lo que hubieran podido contribuir en forma de impuestos si se hubieran quedado.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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