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Nabucco

19 abr 2017 / 00:00

    Luego del fracaso de Un giorno, Merelli llamó a Verdi a su oficina y lo animó a perseverar. Se canceló la ópera cómica y se repuso Uberto, la cual mereció 17 representaciones durante ese otoño de 1840 y fue aplaudida y ovacionada por los mismos milaneses que abuchearon Un giorno.

    Pero esos aplausos cayeron en los oídos sordos de Giuseppe Verdi. En diciembre de 1840, Verdi escribió a Giovanni Ricordi indicándole que su carrera musical estaba terminada. Días más tarde, Verdi se encontró con Merelli, director de La Scala, quien le propuso ponerle música a un libreto de Solera. Verdi se negó rotundamente.

    “No te va a morder -me dijo Merelli-, léelo, y me pasó un gran legajo de papeles escrito con grandes letras... Me despedí y me fui a casa. De camino sentí una especie de desazón inexplicable, una tristeza intensa, un dolor que casi me hacía estallar el corazón. Al llegar, casi con violencia, lancé el manuscrito sobre la mesa y permanecí de pie frente a él, sumido en mis pensamientos. Al chocar con la mesa, el bulto de papeles se había abierto solo; mis ojos fueron a parar, no sé bien cómo, a una página abierta ante mí. Y leí: Va pensiero sull’ali dorate”.

    “Al día siguiente fui al teatro a devolver el libreto... Merelli insistió: ‘¡Ponle música!’. Tomó el libreto, lo introdujo en el bolsillo de mi sobretodo, me empujó fuera de su oficina y cerró la puerta con llave. ¿Qué iba a hacer yo? Regresé a casa con Nabucco en mi bolsillo. Un día una línea, otro día otra línea, ahora una nota, mañana una frase. Poco a poco compuse la ópera”.

    La magnífica composición coral a las palabras Va pensiero sull’ali dorate se convirtió en el himno no oficial del Risorgimento, la revuelta italiana del siglo XIX contra la ocupación y opresión extranjera y por su unificación como país.

    Cuando la ópera se estrenó en La Scala y luego a través de Italia, el público identificó el sueño de libertad de los israelitas con su propio sueño y anhelo de emancipación y unificación nacional.

    El coro instantáneamente adquirió estatus de himno nacional y Nabucco hizo de Verdi una figura en toda Italia.

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