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La democracia en crisis

14 ene 2018 / 00:01

Fue Winston Churchill quien sostuvo que la democracia era el peor sistema de gobierno, pero que era mejor que los otros que existían. Desde principios del siglo pasado, cuando pronunció esta frase, ha pasado mucho tiempo. Además, se refirió al gobierno inglés y que luego de la Segunda Guerra Mundial, aplicada la democracia sobre todos en los países europeos, dio excelentes resultados. Gran cantidad de Estados la han tomado como forma de gobierno y han logrado un gran nivel de vida y hasta en Europa, por ejemplo, se logró que 27 Estados se unan y conformen un bloque que fue nivelando el alto nivel de vida que han alcanzado, así como las reformas sociales que las complementan.

Estados Unidos casi no ha tenido problemas en el manejo de su sistema político desde que la conformación de Estados, como empezaron, se formó como un sistema federal. Exceptuando Canadá que, pese a su especial gobierno de ser un dominio perteneciente al Commonwealth y tener como jefe de Estado a la reina de Inglaterra, que ni siquiera puede nombrar al gobernador general que la representa, vive un envidiable sistema democrático.

¿Vivimos en democracia? El problema es cómo se ha querido aplicar la democracia en nuestros países latinoamericanos. Para nuestro criterio, cada vez funciona menos y casi sin excepciones.

Empecemos en la forma de elegir a los gobiernos. Esta se realiza por elecciones populares en la que se inscriben los partidos políticos con sus candidatos y con la lista de posibles miembros de los congresos o asambleas y consejos, cantonal o provinciales.

Nuestra primera inquietud consiste en saber si verdaderamente existen los partidos políticos o son grupos que conforman un ideario, muy pocas veces aplicado, y que se lanzan a conquistar adeptos usando los más modernos sistemas de márquetin. Incluso se ha llegado a contratar a personas que dicen que se han especializado en campañas electorales y que prestan sus servicios como mercenarios en los países y partidos que los contratan. El éxito está en buscar los colores, el nombre y el logotipo que pueda calar en el elector. Hasta tienen que elaborar unas pocas frases que resuman lo que ellos consideran que el pueblo anhela que cumpla el gobierno que van a elegir.

El siguiente paso es dar con el candidato principal: puede ser una persona prestigiosa, conocida y con bastante experiencia en materia política o de lo contrario tiene que hacerse al candidato que bien puede salir de su popularidad en la radio, TV, o cualquier espectáculo. Allí no se cuenta su preparación sino simplemente la aceptación del votante. Se lo prepara para hablar, se lo pasea por el país y en ese momento, los técnicos en márquetin político juegan su papel para darle la fisonomía del hombre que puede salvar al país. En plano menor se hace lo mismo con todos los compañeros que llenan las listas para la Asamblea o Congreso, alcaldías, consejos provinciales y concejos cantonales.

Se realizan las elecciones y gana el que logró captar el mayor número de votos. De allí en adelante debe conformar su gabinete escogiendo a quienes más han trabajado en la campaña o los que dieron mayores contribuciones económicas. Por otra parte, tiene que controlar el Congreso o Asamblea y conseguir la mayoría para que le apruebe todo lo que desea imponer.

La vida del gobernante. Los honores militares y las fuertes cuadradas de su guardia pretoriana lo empiezan a marear. El servicio de seguridad inventa peligros y aumenta la caravana de autos que lo siguen, interrumpiendo el tráfico. Cada día que pasa hay cambios en el gabinete y en la función pública. Los designados deben ser obedientes.

Es tan agradable mandar y ser obedecido, sin nadie que lo contradiga y tener que controlar a la prensa para sancionarla cuando critica algún acto; es muy fácil mandar una ley a los legisladores, quienes están manejados por el gobierno, en base de repartición de prebendas, viajes y colocación en cargos a los parientes, que la ley es aprobada y automáticamente se impone la censura.

Cuando se acerca la terminación del período presidencial se usa el mismo sistema. Se reforma la ley, y el presidente, ya convertido en un verdadero dictador, a quien no se le escapa ninguna función pública, decide quedarse por seculam seculorum, con un pueblo indiferente que le da lo mismo que siga quien está mandando o que venga otro.

Para nuestro criterio, elevando el nivel de cultura del votante podremos conseguir que, por lo menos, se respeten los clásicos principios de la verdadera democracia. Pero ese nivel se lo consigue desde la escuela, con profesores que tengan conciencia de la misión que les corresponde y eso es lo que menos se hace. Hay que invertir en cemento que es lo que el votante aprecia. De las obras se obtienen los beneficios para mantenerse en el poder.

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