viernes, 20 julio 2018
01:05
h. Última Actualización

Los campos de la muerte

12 jul 2018 / 00:00

    El 3 de abril, el Reino Unido anunció una prohibición de la venta de marfil que la convierte en “una de las más estrictas del planeta”. Con ello, se unió a otros países (entre los que se cuentan China y EE. UU.) en usar disuasivos de mercado para inhibir la caza furtiva y evitar que se extingan especies en peligro. Como lo expresara el Secretario británico de Medioambiente, Michael Gove, el objetivo es “proteger a los elefantes para las próximas generaciones”. Es cierto que son gestos loables al servicio de una noble meta. Pero, por sí solo, el fin de la venta de marfil no revertirá el descenso de las poblaciones de elefantes. De hecho, la mayor amenaza que enfrentan estas y muchas otras especies es una actividad humana bastante más común: la agricultura. En todo el mundo en desarrollo, los campesinos amplían las áreas de cultivo en una constante búsqueda de suelos fértiles, destruyendo hábitats esenciales para especies en peligro a un ritmo alarmante. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), si se mantiene la tendencia actual para el año 2050 la superficie arable del mundo aumentará en cerca de 70 millones de hectáreas, una gran proporción de ellas en áreas que actualmente son boscosas. El riesgo es mayor en Sudamérica y el África Subsahariana, donde el crecimiento demográfico y la demanda de alimentos afectará de manera especialmente difícil las zonas de bosques tropicales. La pobreza está en el origen de esta crisis ecológica, pero las malas prácticas agrícolas perpetúan el ciclo del hambre y la pérdida de hábitats. En África la persistencia de los bajos rendimientos de los cultivos- que suelen ser de apenas un 20 % de los promedios globales- tienen relación con la baja calidad de las semillas, la no disponibilidad de fertilizantes y la falta de irrigación. A medida que el estado de los suelos se deteriora y cae la producción, muchos campesinos no ven otra salida que buscar nuevas tierras de cultivo. Afortunadamente, los estudios muestran que mejorar las prácticas y las tecnologías agrícolas puede a su vez mejorar la productividad rural y reducir la pérdida de hábitats, protegiendo la vida silvestre. Este enfoque, conocido como “intensificación sostenible”, apunta a elevar la producción de los campos actuales mediante técnicas como la gestión integrada de cultivos y el control avanzado de pestes. Si se aplica de manera generalizada, la intensificación sostenible incluso podría reducir la cantidad total de tierras de cultivo. Según un estudio, entre 1965 y 2004, campesinos de países en desarrollo que plantaron semillas de alta calidad pudieron reducir la superficie cultivada en casi 30 millones de hectáreas, un área equivalente al tamaño de Italia. Son ganancias que se podrían ampliar si los pequeños agricultores tuvieran acceso a equipos modernos, mejor recolección y análisis de datos, y una mayor financiación. Los críticos argumentan que aumentar la productividad de los pequeños agricultores podría ser contraproducente, especialmente si estimulara a los campesinos pobres a ampliar su superficie cultivada para elevar las ganancias. Para evitar este resultado, las estrategias de intensificación deben ir acompañadas de una sólida planificación para la conservación. En todo el mundo, miles de millones de dólares se invierten cada año para abordar la degradación ambiental y la pobreza. Las soluciones a la inseguridad alimentaria y la pérdida de hábitats deben estar mejor integradas para que alguna vez se puedan solucionar. Hasta que eso pase, es muy probable que sean insuficientes las estrategias estatales para proteger la vida silvestre “para las generaciones futuras”.

    Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

    TE RECOMENDAMOS
    A LA CARTA