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Lo reservado y lo oculto

16 abr 2018 / 00:00

Lo de los gastos reservados es una vieja historia sin concluir y que obliga a cada gobierno a esforzarse en ocultarlos a través de operaciones no menos censurables, como los servicios de inteligencia y de contrainteligencia para una supuesta defensa de la institucionalidad estatal, de la soberanía y otras causales que, bien analizadas, muchas de ellas no pasan de ser simples monsergas. Necesitamos, sí, de cierta protección en tales áreas, pero la historia doméstica nos ha demostrado la distorsión en buena parte de esos gastos. La protección de los altos intereses del Estado se tradujo en una mentirosa retórica populista, mientras se escudriñaba, se perseguía y agredía, se sancionaba y neutralizaba a adversarios políticos. El populismo dictatorial y autocrático de Correa mostró esas características y llegó al extremo de expedir normas regulatorias de su abuso, llenas de consideraciones técnicas y seudojurídicas que pretendían justificar su voracidad despilfarradora.

La cacareada transparencia de su revolución ciudadana se esmeró precisamente en no transparentar el destino y empleo de los recursos así adquiridos y llegó hasta la impudicia de escudarse tras un manual de estadísticas de las finanzas públicas elaborado por el Fondo Monetario Internacional, del que tanto había despotricado Correa, para conceptuar legítimo el ocultamiento y secretismo de ciertos recursos, apuntando de hecho a los obtenidos por las preventas petroleras. Salvo puntualísimas excepciones, nuestra legislación no proscribe guardar secretos en materia de endeudamiento y gasto públicos. La criolla viveza revolucionaria se dio mañas para interpretar y denominar a su antojo actos y contratos con los cuales pudo dar rienda suelta a sus afanes dilapidadores, negándose admitir que las mencionadas preventas encubrían nuevos endeudamientos que violaban la exigencia de ser invertidos en el desarrollo nacional. Los fondos así obtenidos pasaron a ser gasto corriente del Tesoro y, de acuerdo con la predominante política despilfarradora, no hay que ser muy suspicaces para suponer que debieron correr la misma suerte. Pronto lo sabremos: conocemos ya la infeliz política revolucionaria, resumida en despotricar de todo lo ajeno y esconder sus propias defecciones.

La deuda pública doméstica, por ejemplo, ha sido negada por el gobierno de Correa luego de asaltar al Banco Central, depositario de bancos privados y de entidades públicas no gubernamentales, cuya liquidez se pone en riesgo, así como al IESS, cuyos dineros pertenecen a sus afiliados y jubilados de todo el país, tornando incierto su futuro a corto plazo.

El desbarajuste correísta es evidente, pese a lo cual los que aún quedan de “ellos y ellas” piden “cerrar filas” detrás de Correa, anticipando la muerte de Moreno con cánticos deshumanizados que aluden a su discapacidad física. Tamaña estupidez trajo a mi memoria la célebre comedia de Molière, del siglo XVII: Las preciosas ridículas, descriptiva de damas dueñas de un hablar artificioso y absurdo. Dos siglos más tarde, Disraeli, primer ministro inglés, volvió a denominar de ese modo a sus opositoras políticas y hoy, en pleno siglo XXI, me atrevo a pensar que esos especímenes políticos se han reproducido en el escenario ecuatoriano y latinoamericano.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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