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Lección aprendida

22 dic 2017 / 00:01

    No he podido acceder a los documentos de cierto ático en Bélgica. Pero si tuviera que adivinar el contenido de la carta con sus peticiones navideñas, lo resumiría en una línea: “Por favor, que al país le dé amnesia colectiva”. Y es que nuestro exmandatario podría convertirse en cadáver político producto de una profecía autocumplida. Cuando estudiemos el fin de la carrera política de Rafael Correa Delgado probablemente leeremos: “Aquí yace el líder de la Revolución Ciudadana, quien sufrió el abandono del apoyo popular, por haber prohibido olvidar”. Recapitulemos los hechos. Correa erigió su discurso en una clara división de ellos contra nosotros. Donde en su imaginario, Ecuador se constituía como un país pequeño, pero soberano. Donde por primera vez la dignidad de la patria estaría por encima de los instrumentos de presión. Organismos que declaraban la guerra a los gobiernos que se atrevieran a rebelarse ante los intereses de las potencias. En esta teatralidad, Rafael interpretó su papel con dramatismo majestuoso. “La OEA es insalvable. Nació mal, ha vivido mal y va a ser muy difícil enderezarla”. Y, por lo tanto, íbamos a considerar si les hacíamos el favor de continuar como parte del sistema. ¿Y si necesitamos un sistema nuevo? Pues lo creamos. Fundemos la Unasur. Y por si los simbolismos no faltaban: construyamos el edificio en la mitad del mundo. Rebeldía la nuestra. Y si en algún momento la OEA decidió invocar la Carta Democrática ante Venezuela, su secretario general estaba bastante desubicado. Presentarse ante la OEA no es solo incoherencia, es mostrarse como lo que en verdad es. ¿Dónde queda la soberanía, la lucha, la reivindicación? Con usted ya no éramos una colonia. Imposible creerle ahora que baja la cabeza ante lo que en algún momento fulminó como el nuevo imperialismo. Se muestra como lo que es: un hombre que al ser consumido por su egocentrismo perdió su palabra. ¿Cómo reaccionará el electorado cuando vea que su líder ha sido parte del rebaño? Algunos mantendrán su fe ciega, pero otros optarán por desencantarse. Y todo porque aprendimos muy bien su lección: prohibido olvidar.

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