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La próxima Revolución francesa

20 abr 2017 / 00:00

En pocas semanas, Francia elegirá presidente. Por los considerables poderes del Ejecutivo francés (que incluyen la autoridad de disolver la Asamblea Nacional), la elección presidencial (cada cinco años) es la más importante. Pero esta vez hay mucho más en juego. Los dos candidatos favoritos son Marine Le Pen, del ultraderechista Frente Nacional, y Emmanuel Macron, que fue ministro de economía durante la presidencia del socialista François Hollande, pero que ahora se presenta como independiente. El previsible enfrentamiento entre Le Pen y Macron en un balotaje el 7 de mayo sería un hito en la política francesa: la primera vez en 60 años en que los principales partidos de izquierda y derecha no estén representados en la segunda vuelta. Francia no ha vivido una conmoción política semejante desde 1958, cuando el general Charles de Gaulle ascendió al poder y redactó la Constitución de la Quinta República. Esa transformación, como cualquier gran ruptura política, fue impulsada por la combinación de una dinámica subyacente profunda y circunstancias particulares del momento. Ahora la dinámica subyacente es el surgimiento en la mayoría de países desarrollados de una desconfianza popular hacia las élites, sensación de impotencia, temor a la globalización económica y a la inmigración, y preocupación por la movilidad social descendente y la desigualdad creciente. Esto, junto con el papel histórico del Estado francés en el fomento de la identidad nacional y el crecimiento económico, han contribuido a un aumento del apoyo al Frente Nacional (FN). Hasta ahora el sistema electoral francés a doble vuelta evitó su llegada al gobierno, al permitir a los votantes unirse en su contra en la segunda vuelta. La incapacidad del FN para hacer alianzas mantuvo el poder en manos de los partidos principales de izquierda y derecha, aun mientras Francia transicionaba hacia un sistema político tripartidario. Macron está aprovechando las circunstancias actuales para forzar el estallido de ese sistema. Su gran acierto fue darse cuenta de que la división derecha-izquierda se había convertido en obstáculo para el progreso, y que la elección presidencial era una oportunidad única para trascenderla, sin ayuda de un movimiento político organizado. En un momento en que el pueblo francés rechaza cada vez más el sistema tradicional de partidos, la debilidad inicial de Macron se tornó en fortaleza. En esto ayudó la fragmentación de derecha e izquierda en años recientes. Para gobernar en Francia, con su sistema híbrido entre presidencialista y parlamentario, Macron necesitaría mayoría en la Asamblea Nacional. Esto permite conjeturar dos escenarios. En el primero, Macron obtiene rápidamente mayoría parlamentaria, pues los votantes franceses deciden reforzar su mandato en la elección de junio para la Asamblea Nacional. Es una posibilidad imaginable, pero incierta: aquí la falta de un movimiento político organizado de base perjudica a Macron. Un segundo escenario sería una coexistencia con una coalición parlamentaria formada por un pequeño bloque de derecha, un numeroso bloque de centro y un bloque de izquierda irremediablemente dividido. Ni la opinión pública ni los políticos tienen experiencia con modos de gobierno basados en acuerdos de coalición amplios. Para Francia el discurso de Macron, que incluye planes de reforma claros, supone una novedad. Una eventual victoria de Le Pen sería un terremoto para la política francesa. Es casi seguro que ambos candidatos llegarán a la segunda vuelta. A Francia le aguarda una revolución política, gane quien gane.

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