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La ofrenda

21 dic 2017 / 00:01

    Tengo que llevarte algo, una ofrenda. ¿Cómo me acerco a Ti sin nada en las manos? ¿Qué te llevo? ¿Acaso alcanza nuestra frágil quietud de espíritu?

    Estamos aturdidos porque coexistimos con asaltantes de niños, criminales, sicarios, vendedores de esclavos, afectados por una política que juega con Ciudad Santa con fines geopolíticos; construimos un mundo donde siguen creciendo armas nucleares y donde el hambre sobrevive por la ambición desenfrenada. Estamos mareados. Sin embargo, como cada diciembre, se anuncia que llegas.

    Llevamos clavada una desesperanza que galopa, mente adentro, que nos arranca la alegría que nos pides y usurpa la voluntad de seguir creyendo en la hermandad salvadora sobre la que nos diste ejemplo. Clavados a la superficialidad, así nos encuentras.

    A pesar de todo, milagrosamente, queremos acercarnos, no solo por un sentido religioso, sino, básicamente, por un sentido de humanidad. Buscamos un remedio, algo que nos alivie, pues nos arde la vergüenza del caos, del barro, de la sangre derramada, de los presos injustamente encerrados, de la ciencia que no cura sino que lucra, de la indiferencia sobre la que todos respondemos.

    Caminamos al pesebre preguntándonos ¿con qué cara vamos si te llevamos un trabajo imperfecto que no siempre acierta en construir paz y justicia?

    Envueltos en esta vida, con su contradicción a cuestas, sentimos que nos llamas. Caminamos lento porque nos pesa esta apatía hacia el prójimo, que es la lepra de este siglo. Vamos tanteando el camino, torpes y confundidos por tantas lucecitas; sin embargo, vamos a la noche de paz que nos invitas.

    Al acercarnos, algo provoca que soltemos nuestro conocimiento, nuestra experiencia, nuestras posesiones. Caemos ante Ti postrados, libres de toda lógica, tan solo sospechando que estás ahí. Nos abrazamos a ese susurro a través del cual nos prometes que Contigo podemos nacer de nuevo gratis, sin nada a cambio; así de Simple, así de Eterno, así de Salvador.

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