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La locura del rey Donald

07 dic 2017 / 00:00

    En la capital de Estados Unidos se siente algo parecido al pánico. La conducta del presidente Donald Trump estos últimos días ha sido más extraña que nunca y una pregunta ronda las mentes de políticos y ciudadanos, aunque pocos la mencionen en voz alta: ¿qué se hace con este hombre? ¿Puede EE. UU. darse el lujo de esperar a que el fiscal especial Robert Mueller concluya su investigación (suponiendo que hallara que el presidente es culpable de algo)? Eso todavía llevará algún tiempo y este es cada vez más apremiante, porque ha aumentado el riesgo de que EE. UU. acabe metido, por error o deliberadamente, en una guerra con Corea del Norte. Esto, sumado a la conducta cada vez más peculiar de Trump, tiene a Washington en un nivel de tensión nunca visto (ni siquiera en Watergate). El temor es que un presidente mentalmente desequilibrado pueda llevar a EE. UU. a una guerra nuclear. La semana pasada las pruebas de la inestabilidad de Trump se acumularon: habría dicho a personas de su entorno que cree que la infame filmación donde aparece bromeando fuera de cámara acerca de manosear genitales femeninos está fraguada, pese a que cuando el Post la publicó, en el último tramo de la campaña presidencial, admitió que era auténtica y pidió disculpas por ella. También volvió a insistir con la mentira que lanzó su carrera política y a la que, bajo presión de sus asesores, renunció antes de la elección: que Barack Obama no nació en EE. UU. La posibilidad de que Trump padezca algún trastorno mental creó un dilema para psiquiatras, políticos y periodistas. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría tiene por regla que sus miembros no pueden diagnosticar a personas que no examinaron. Pero en vista de lo que algunos psiquiatras ven como una emergencia nacional, muchos ignoraron la regla y expresaron públicamente su evaluación profesional del estado mental de Trump, incluso por escrito. La opinión más aceptada es que sufre un trastorno de personalidad narcisista, que Mayo Clinic define como “una afección mental en la que las personas tienen una idea exagerada de su importancia, una profunda necesidad de atención y admiración excesivas, relaciones turbulentas y falta de empatía”. Además, “tras esta máscara de extrema seguridad se oculta una autoestima frágil, incapaz de aceptar la menor crítica”. Esta definición se parece demasiado a lo que Trump muestra todo el tiempo. Otra idea defendida por numerosos profesionales médicos tras comparar entrevistas que Trump dio a fines de los ochenta con la falta de vocabulario y fluidez con que se expresa en la actualidad, es la de que está en la fase inicial de la demencia. Numerosos congresistas republicanos ya están muy preocupados por la capacidad de Trump para manejar la presidencia (un trabajo increíblemente demandante). Algunos atribuyen su cada vez más errática conducta reciente a que está preocupado por la investigación de Mueller sobre la campaña y la posible colusión con Rusia para inclinar la elección de 2016 a su favor, que podría dar lugar a cargos de conspiración. El general retirado Michael Flynn aceptó declararse culpable de un cargo de perjurio ante el FBI y cooperar con la investigación. El generoso acuerdo con que Flynn conseguirá una sentencia menor deja claro que está dispuesto a dar nombres de personas con rango superior al que él tenía en la campaña y en la Casa Blanca. Los varios intentos que hizo Trump de desviar la investigación de Flynn son señal clara de que este sabe algo que Trump quiere evitar a toda costa que los fiscales descubran.

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