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La espiral de muerte de Turquía

15 mar 2017 / 00:02

La serie de atentados terroristas que han azotado a Turquía en el último año hunden al país -alguna vez considerado un modelo democrático y secular para Oriente Medio- en una espiral de muerte en el preciso momento en que su pueblo votará una nueva Constitución el mes próximo. El turismo -que antes representaba más del 10 % del PIB- se está debilitando y la inversión extranjera directa va camino a desacelerarse considerablemente. Estas consecuencias se reforzarán mutuamente y producirán un círculo vicioso difícil de detener. Los medios controlados por el Gobierno y grandes franjas de la población en Turquía ven la mano perversa de Occidente en la situación crítica del país. Los observadores suelen culpar de la situación a la incapacidad de Turquía de reconciliar el islam tradicional y las tendencias occidentales modernizadoras, y a acontecimientos externos, como el conflicto en Siria. Pero las decisiones del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, también han contribuido a que Turquía resulte tan vulnerable al terrorismo. Permitió que combatientes, incluidos reclutas de Estado Islámico, atravesaran la frontera sur de Turquía para ingresar a Siria con relativa libertad, sin ver el peligro que estos combatientes representaban para la propia seguridad turca, y relanzó una guerra civil intermitente con la población kurda de Turquía. A pesar de estas dos decisiones, las fuerzas de seguridad turcas podrían haber seguido protegiendo al país del terrorismo islamista y kurdo. Pero una tercera decisión no lo permitió: Erdogan rompió relaciones con Fethullah Gülen, clérigo expatriado cuyos seguidores influyentes -el movimiento Hizmet- durante muchos años habían estado entre sus aliados más importantes. Bajo la sospecha de que los gülenistas habían comenzado a complotarse en su contra, comenzó a hacerles frente. El intento de golpe de corto aliento que tuvo lugar en julio pasado alentó a un Erdogan vengativo a organizar una purga masiva de los servicios militares y de seguridad. En el proceso, debilitó seriamente la capacidad de la policía y del ejército de Turquía. En un momento en que las amenazas de grupos islamistas y kurdos se intensificaban, era lo último que necesitaba Turquía, que hoy está absolutamente bajo el control político de un solo individuo -e incapaz de lidiar con las múltiples crisis que enfrenta-. Aun en el mejor escenario, Turquía resultará seriamente debilitada, y ya no podrá seguir ejerciendo el papel de liderazgo regional que desempeñó durante casi un siglo. En el peor escenario, su economía colapsará, lo que enviará cantidades gigantescas de refugiados -incluso sirios y otros que actualmente están en Turquía, así como a ciudadanos turcos- a Europa occidental. No todos están consternados por el infortunio de Turquía. El presidente ruso, Vladimir Putin, probablemente esté más que contento con la transformación del país. Esto no quiere decir que Putin haya planeado la ruina de Turquía. No fue necesario. Líderes como Erdogan se sienten fácilmente atraídos por el tipo de dictadura moderna de Putin, que se basa en la desinformación y en las trampas de la democracia para impulsar el poder personal del gobernante. Donald Trump parece igualmente enamorado de Putin. Veremos si Estados Unidos está mejor protegido que Turquía contra la influencia del ejemplo maligno de Putin.

Project Syndicate

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