viernes, 25 mayo 2018
21:00
h. Última Actualización

La danza de los 7 velos

07 feb 2018 / 00:00

    El momento culminante de la ópera Salomé es el de la danza de la princesa ante Herodes. Tomando como punto de partida un óleo de Gustave Moreau, el gran escritor del decadentismo, Joris-Karl Huysmans, lo trata así en su novela A contrapelo:

    “Entre el olor perverso de los perfumes, en medio de la atmósfera sobrecargada de este templo, Salomé avanza lentamente sobre las puntas de los pies... Con la faz recogida, solemne, casi augusta, comienza la lúbrica danza que ha de despertar los sentidos amodorrados del viejo Herodes... Sobre el sudor de su piel titilan los diamantes sujetos a ella. Sus brazaletes, sus cinturones, sus sortijas, escupen chispazos. En su traje triunfal, ribeteado de perlas, rameado de plata, laminado de oro, la coraza de orfebrerías, cada malla de la cual es una piedra, entra en combustión, crece con serpenteos de fuego, bulle sobre la carne mate, sobre la piel rosa, al igual que insectos espléndidos con élitros deslumbradores, jaspeados de carmín, moteados de amarillo aurora, esmaltados de azul acero, listados de verde pavo real. Salomé no era ya solamente la bailarina que con una torsión corrompida de sus riñones arranca a un anciano un grito de deseo... rompe la energía y disuelve la voluntad de un rey con meneos de pechos, sacudidas de vientre y estremecimientos de muslos; en cierto modo se volvía la deidad simbólica de la indestructible lujuria, la diosa de la inmortal histeria, la belleza maldita elegida entre todas por la catalepsia que le envaró las carnes y le endureció los músculos; la bestia monstruosa, indiferente, irresponsable, insensible, que envenena, lo mismo que la Elena antigua, cuanto se aproxima a ella, cuanto la ve, cuanto ella toca”.

    Tras el baile, Salomé reclama su recompensa: la cabeza de Jokanaán. Aterrorizado, Herodes intenta convencerla para que cambie de opinión. No obstante, obligado por su juramento, acaba ordenando la ejecución del Bautista. Se llega así a uno de los momentos culminantes de la ópera: un episodio sinfónico en el que se ha dicho que Strauss llegó a poner música al silencio.

    TAGS:

    TE RECOMENDAMOS
    A LA CARTA