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La cruz de la catedral

12 ene 2017 / 00:00

    A la catedral se la ha estado restaurando desde hace algunos años. Se han reparado varios espacios realmente hermosos. Ahora tocaba restaurar la cruz de las calles Ballén y Chimborazo. La cruz de Jesús, para algunos entendida como aquella categoría vivencial del dolor e injusticias que en cada esfera social, política y doméstica toca vivir.

    Lo casual del tema es que allá por los años mil doscientos, Francisco de Asís, joven hijo de un rico comerciante, empezaba a sentirse llamado por una vocación de compromiso y servicio a los demás, a través de ese enamoramiento de Jesús en el que cae la mayoría de los santos. Se dice que el repudio que sentía por los leprosos fue cambiándose por compasión; que la indiferencia a la vida silvestre, a los animales y al silencio fue convirtiéndose en un amoroso hábito que, como sabemos, lo llevó hasta el final de sus días a tener una existencia de extremo despojo de todo lo material, de amor infinito a los animales y a todo lo que coexiste con nosotros, incluso a la muerte. Francisco, básicamente, quiso ser pobre. Pero, decía yo que lo casual de esto, es que cuentan que Francisco terminó de convertirse en amigo de Jesús cuando sintió que Dios, frente a los residuos de la iglesia San Damián, ubicada cerca de Asís, le pidió que la reformara, que la reconstruyera. Que salvara a su Iglesia. La opulencia de la jerarquía eclesiástica y el comercio se habían convertido en los ejes de la vida ordinaria y los marginados, como casi siempre, eran descartados. Francisco oyó esa voz frente a una pared de cemento rota, partida, casi hecha añicos, me imagino yo como la cruz que se cayó hace pocos días.

    Nuestro arzobispo es de la orden de San Francisco y, literalmente se le derrumbó la cruz que, en lo más alto de la catedral, transmite el signo de los cristianos. ¡Quién sabe si Dios le habló para pedirle lo mismo que a Francisco! Que lidere nuestra reforma, que nos arranque de la tentación de la opulencia y almacenamiento estéril de bienes. ¡Quién sabe si los cristianos podríamos, como lo hizo el santo, empezar a reconstruir su Iglesia con la reconciliación con uno mismo, con los otros, con la creación, y con Dios!

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