viernes, 25 mayo 2018
21:00
h. Última Actualización

Jardín de perversión

14 feb 2018 / 00:00

    Finalmente, en la ópera Salomé, el verdugo entrega a esta la cabeza de Jokanaán en una bandeja de plata. Lo que viene a continuación puede ser considerado una muerte de amor, pero sin redención posible. Pocas veces un artista ha llegado tan lejos sobre la escena como en este fascinante y enfermo soliloquio de la princesa con una cabeza cortada. Deseo, felicidad, amor, reproches; todo se mezcla en esta monstruosa y alucinante escena, que finaliza con el beso extasiado de Salomé a la cabeza decapitada: “El misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte”.

    Herodes no puede resistir la contemplación de tal espectáculo y ordena a sus soldados que la maten. Los soldados se abalanzan sobre Salomé y la aplastan bajo sus escudos. Primera de las llamadas “óperas negras” de Strauss, Salomé, como su compañera Elektra, es fruto de ese período de crisis que atraviesa el tránsito entre los siglos XIX y XX, dominado por la idea de la transgresión, en que todos los valores hasta entonces considerados sacrosantos son puestos en cuestión: razón, ética, progreso, belleza. Es la época en la que Sigmund Freud empieza a dar forma teórica a algo que poetas como Arthur Rimbaud ya habían intuido: no somos lo que parecemos, y ni siquiera el propio Yo es algo unívoco. En el terreno musical, los herederos de Wagner, empezando por el mismo Strauss y su colega y rival, Gustav Mahler, escriben unas partituras en las que el sistema tonal se halla al borde de la disolución.

    Por encima de otros aspectos no menos interesantes, la ópera tiene como tema principal la persecución insatisfecha de la belleza. No se trata, empero, de la belleza ideal de los clásicos, sino de una que resume sensualidad, y que obvia todo imperativo moral. Es una belleza que ante todo se plasma en el deseo erótico: Salomé desea el cuerpo de Jokanaán; Narraboth y Herodes desean el de ella. En contraste a estos, el Bautista y Herodías se mueven guiados por el odio.

    Se trata, pues, de una belleza ligada a la idea de perversión. Ya lo decía Wilde: “Salomé es una flor en un jardín de perversión”

    TE RECOMENDAMOS
    A LA CARTA