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Guerra turca de origen gringo

08 feb 2018 / 00:00

    Mientras Turquía intensifica su campaña militar contra los combatientes kurdos sirios, es tentador echarle la culpa de la violencia al patrioterismo y a la xenofobia estridentes del presidente Recep Tayyip Erdogan, pues viene advirtiendo desde hace mucho tiempo que Turquía nunca toleraría una presencia militar kurda en su frontera sur. Sin embargo, el verdadero culpable es el foco miope de Estados Unidos en querer derrotar al yihadismo regional. Sin una política coherente para Siria, las sucesivas administraciones estadounidenses se han obsesionado con apuntar al Estado Islámico (EI) sin considerar las ramificaciones totales de sus acciones. La incursión de Turquía en el noroeste de Siria es solo una consecuencia. En julio de 2012, el Partido de la Unión Democrática kurdo (PYD) ocupó una serie de ciudades fronterizas sirias. En agosto, la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton declaró que “Siria no debe convertirse en un refugio para terroristas del PKK”. Pero después que EI capturó grandes franjas de territorio en Siria e Irak, EE. UU. descubrió en el PYD un aliado útil y pronto estaba proveyendo de armas y entrenamiento a su ala armada. Enfurecido por estas maniobras, Erdogan buscó garantías de que el respaldo estadounidense a los kurdos fuera temporario, y que los combatientes kurdos no cruzaran el río Éufrates, pero estos cruzaron de todos modos; nunca retrocedieron y EE. UU. siguió armándolos y entrenándolos. Erdogan furibundo declaró que la administración Obama había “decepcionado” a Turquía por el tema del PKK, y Trump no ha cambiado de curso: las armas norteamericanas siguen llegando a manos de los kurdos. Las relaciones entre los dos aliados de la OTAN llegaron a un punto muy bajo. Gran parte se debe a la negativa del presidente Obama a desplegar tropas de combate contra EI, en favor de una presencia ligera utilizando fuerzas locales ayudadas por ataques aéreos y entrenamiento estadounidenses. En Siria, los kurdos han demostrado ser un aliado más confiable. Pero su lealtad con EE. UU. ha tenido un costo. Obama estaba dispuesto a pasar por alto los vínculos de sus combatientes con el PKK, utilizando argumentos sutiles para marcar diferencias entre grupos indistinguibles. Cuando Trump llegó a la presidencia hizo promesas a Erdogan que los responsables de las decisiones en el Pentágono en materia de las políticas de EE. UU. para Irak y Siria nunca pensaron cumplir. Pero Erdogan tiene un ejército que marcha a su discreción, y Turquía ve al PKK como una amenaza existencial y considera al PYD como su apéndice letal sirio. Los mensajes confusos de EE. UU. han incendiado una relación crítica, y a su vez, puesto en peligro la lucha contra EI. En resumen, la política de EE. UU. es contraproducente. No solo envalentona a adversarios como Irán y sus aliados del PMF; también pone en peligro a unos 2.000 soldados estadounidenses que están trabajando con los kurdos en Siria. La tercerización por parte de EE. UU. de sus batallas a manos de combatientes locales en Siria ha creado nuevos peligros. Si Trump quiere romper con el pasado y ganarse el crédito que reclama, EE. UU. debe encontrar una nueva manera de alcanzar sus objetivos de seguridad sin desplegar divisiones enteras.

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