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Fin a la producción gaspetrolera

15 nov 2017 / 00:01

El fin de la era de los combustibles fósiles está cerca. Las señales abundan: las fuentes renovables (como la solar y la eólica) exceden sistemáticamente las expectativas; la difusión del vehículo eléctrico supera con creces los pronósticos; y gobiernos de todo el mundo reconocen la urgencia de hacer frente al cambio climático. Pero, la cuestión central es ¿cuál es el plan para liberarnos de la dependencia del petróleo, el carbón y el gas? Es una pregunta cada vez más urgente, ya que gobiernos de todo el mundo, de Argentina a la India y Noruega, promueven planes para seguir produciendo combustibles fósiles y explorar en busca de más. Afirman que los nuevos proyectos son compatibles con sus compromisos según el acuerdo de París sobre el clima, pero lo cierto es que incluso con solo quemar los combustibles fósiles que hay en las reservas ya conocidas, las temperaturas globales subirán más de 2 °C por encima de los niveles preindustriales, mucho más que el límite establecido en ese acuerdo.

La realidad es que limitar la producción de combustibles fósiles ya mismo es esencial para no seguir reforzando el arraigue de infraestructuras energéticas y dinámicas políticas que dificultarán y encarecerán todavía más el abandono de esos combustibles. En materia de equidad: ¿quién podrá vender el último barril de petróleo? ¿Quién pagará la transición a las fuentes renovables? ¿Quién compensará a trabajadores y comunidades afectados? Se ha dicho que el cambio climático es el desafío moral de nuestra era. Solo este año, el mundo se enfrentó a una serie inédita de inundaciones, huracanes, incendios forestales y sequías en casi todos los continentes. Para evitar los efectos más devastadores, el abandono gradual del carbón (el asesino climático número uno) no será suficiente.

La seguridad climática futura demanda poner fin a la era de las grandes petroleras. Felizmente, el cambio social no es un proceso gradual y lineal, sino que suele darse en oleadas, caracterizadas por “momentos de inflexión” donde confluyen el progreso tecnológico, los incentivos financieros, el liderazgo político, el cambio de políticas y, lo más importante, la movilización social. La tecnología avanza a un ritmo más veloz que el que se creía posible. Hace 20 años, enviábamos faxes, hacíamos llamadas desde teléfonos fijos y revelábamos en cuartos oscuros fotos tomadas en película de 35 mm. Dentro de veinte años viviremos en un mundo impulsado por el sol, las olas y el viento. Además, el desarrollo de proyectos de combustibles fósiles genera cada vez más oposición popular, con la presión política y los riesgos financieros y legales que eso supone. Personas comunes y corrientes en todas partes luchan para detener proyectos incompatibles con un futuro climático seguro; por ejemplo, protestando contra la construcción de nuevos oleogasoductos como el Dakota Access Pipeline en EE.UU. o el Kinder Morgan Trans Mountain Pipeline System en Canadá; uniéndose al bloqueo realizado por “kayactivistas” a plataformas petroleras en el Ártico; o usando referendos locales para detener proyectos petroleros y mineros en Colombia. Hace poco, más de 70 países firmaron la Declaración de Lofoten, que pide explícitamente un abandono controlado de los combustibles fósiles, liderado por los que están en mejor situación para hacerlo. Como Noruega, que es también el séptimo exportador de emisiones de CO2 y sigue permitiendo la exploración y el desarrollo de nuevos campos gaspetroleros. Mas debe trabajar activamente para reducir la producción, y al mismo tiempo dar apoyo durante la transición a trabajadores y comunidades afectados.

Hacer realidad esa visión es responsabilidad de los dirigentes políticos, que deben trabajar activamente para diseñar una transición justa e inteligente a un futuro libre de combustibles fósiles.

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