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Era de la desinformación: características

11 oct 2017 / 00:00

La inquietud por la abundancia de desinformación, información falsa y propaganda llegó a tal punto que muchos gobiernos proponen legislar sobre el tema. Pero las soluciones ofrecidas reflejan una comprensión inadecuada del problema y pueden tener consecuencias negativas no deseadas. El pasado junio, el Parlamento alemán aprobó una ley que incluye una cláusula sobre multas de hasta 50 millones de euros (US$ 59 millones) a sitios como Facebook y YouTube si no eliminan contenidos “obviamente ilegales” (como incitación al odio y la violencia) en un plazo de 24 horas. Singapur anunció planes de introducir leyes similares el año entrante, para hacer frente a las “noticias falsas”. En julio, el Congreso de EE. UU. aprobó una amplia serie de sanciones contra Rusia, en parte por el presunto patrocinio del Kremlin a campañas de desinformación que buscaron influir en las elecciones estadounidenses. En las últimas semanas, los contactos del Congreso con Facebook, Twitter y Google se intensificaron, a la par que aparecían pruebas claras de que agentes rusos compraron anuncios para la campaña. Intervenciones legislativas como estas son esenciales para cortar el círculo vicioso de desinformación y polarización política que atenta contra el funcionamiento de la democracia. Pero aunque todas ellas apuntan a las plataformas digitales, suelen omitir al menos seis aspectos que diferencian la desinformación y la propaganda modernas de las del pasado. Primero: la democratización de la creación y distribución de información. Hoy cualquier persona o grupo puede comunicarse con muchos otros a través de Internet y ejercer influencia, con pérdida de las normas de excelencia periodística que comúnmente se respetan en los medios tradicionales. Segundo: en vez de recibir información directamente de intermediarios institucionales (que con defectos en la ejecución, adhieren en principio a una serie de normas editoriales), hoy la obtenemos de nuestras redes de contactos, que pueden dar mayor visibilidad a un material por factores como la cantidad de clics recibidos o la cercanía entre amigos, en vez de la exactitud o la importancia. Además, el filtrado de información a través de redes de amigos puede generar una cámara de eco formada por noticias que refuerzan los sesgos propios. Tercero: el divorcio entre la noticia individual y su origen. Como determinó un estudio reciente del American Press Institute, el remitente del enlace importa más a los lectores que la fuente original del artículo. Cuarto: el anonimato en la creación y distribución de información (las noticias en Internet carecen de indicación del medio originante y de firma de autor). Esto impide ver posibles conflictos de intereses, ofrece coartadas a actores estatales que hayan manipulado la publicación de información en el extranjero y crea terreno fértil para la actividad de bots. Quinto: los creadores de contenido para Internet pueden mostrar distintas versiones de una página, medir la respuesta y crear mensajes individualizados en tiempo real. Finalmente: las plataformas sociales se autorregulan (y no muy bien). Vivimos en el nuevo mundo de la desinformación. Mientras solo sus proveedores tengan los datos que necesitamos para comprenderlo, seguiremos elaborando respuestas inadecuadas.

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