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El punto del poder agudo

07 mar 2018 / 00:00

En los últimos años, Rusia y China han destinado recursos considerables a ámbitos que por lo general se asocian con el “poder blando”, término acuñado por el cientista político estadounidense Joseph S. Nye y que se entiende como la “capacidad de afectar a los demás por la atracción y la persuasión”. Ya sea directamente o por medio de suplentes complacientes, los dos países han gastado miles de millones de dólares a aumentar su influencia a través de los medios de comunicación, la cultura, centros de estudios, el mundo académico y otras esferas. A pesar de estas inmensas inversiones estos regímenes autoritarios siguen sufriendo un profundo déficit de poder blando, incluso tras haberse vuelto más asertivos en el ámbito internacional. Por consiguiente, los teóricos están en apuros: son regímenes que no dependen principalmente del poder duro, no consiguen generar poder blando, pero siguen siendo capaces de proyectar una influencia real en el extranjero. Considerando el resurgimiento del autoritarismo en el mundo, se trata de una buena oportunidad para reflexionar sobre esta aparente paradoja. Nye hace la observación similar de que “China podría generar más poder blando si relajara parte del firme control de su partido sobre la sociedad civil”. Lo mismo se podría decir de Rusia y otros países con gobiernos que priorizan en control estatal sobre la apertura, la cultura independiente y la sociedad civil, todos ingredientes del poder blando. Pero estas exhortaciones a autoridades chinas o rusas seguramente caerán en oídos sordos. Cualquier liberalización importante iría en dirección contraria a las necesidades y objetivos políticos de estos regímenes de retener el control a cualquier coste. La trampa analítica es suponer que los gobiernos autoritarios, que suprimen el pluralismo político y la libre expresión para conservar el poder interno, se inclinarían a actuar distinto en el plano internacional. Son regímenes que han adoptado hábilmente algunas de las formas, no la sustancia, del poder blando. Buscan lo que se podría entender como “poder agudo”, cuyos atributos clave son la censura, la manipulación y la distracción abiertas, en lugar de la persuasión y la atracción. Si bien las “guerras de la información” forman parte del repertorio de los regímenes autoritarios, por sí mismas son una descripción inadecuada del poder agudo. Gran parte de la actividad de los regímenes autoritarios (China en América Latina o Rusia en Europa Central) queda fuera de esta definición. En retrospectiva, podemos advertir la idea equivocada que se asentó al fin de la Guerra Fría, cuando el análisis convencional supuso que los regímenes autoritarios se liberalizarían y democratizarían. Hace casi tres décadas, EE. UU. salió de la Guerra Fría como el poder hegemónico global y se acuñó el término “poder blando”. Como escribí con mi colega Jessica Ludwig en Foreign Affairs, “la complacencia de las democracias acerca de un poder maligno y agudo se ha ido formando por su confianza en el paradigma del poder blando”. Los analistas que ven la conducta de los autoritarios en términos de esfuerzos por “reforzar el poder blando de sus países pierden el punto y se arriesgan a perpetuar un falso sentido de seguridad”. Los regímenes autoritarios no están siguiendo las reglas de las democracias gobernantes. Su rasgo característico es la represión sistemática, y el “poder agudo” que generan no se puede forzar en el marco más familiar y tranquilizador del “poder blando”. Sin terminología más precisa, las democracias del mundo tendrán pocas esperanzas de contrarrestar la creciente y multifacética influencia de estos Estados.

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