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El festival de Bayreuth

27 dic 2017 / 00:00

    Concurrí en 2006 al Festival de Wagner que todos los años presenta las 4 óperas del Anillo y 3 más del músico. Mi vecina en la cena fue Ángela Merkel, que asiste todos los años. Presencié una especie de peregrinación y ceremonia religiosa más que un espectáculo teatral: esa impresión dan damas y caballeros que, enfundados en trajes y vestidos de etiqueta, beben sus heladas copas de champán como quien comulga, y esperan en silencio respetuoso la fanfarria que desde un balcón del teatro los llama a la función. Estoicos y enfervorecidos permanecerán inmóviles las 5 horas que dura cada ópera en los rígidos asientos de madera que Wagner diseñó para que sus “misas wagnerianas” fueran vistas y escuchadas en estado de alerta marcial y espiritual de “purificación” anímica.

    Vargas Llosa opina: “Hay algo denso y funeral en este ambiente, sin dejar de ser electrizante. Pero tanta corrección y formalismo contrastan fantásticamente con el enloquecido aquelarre de que es escenario el teatro cada tarde, cuando se levanta el telón, irrumpe la música y se desencadenan las pasiones... No hay tabú que no se viole en este panteón pagano de origen nórdico. Incesto, apostasía, filicidio, deicidio, sacrilegios, traiciones, codicias, filtros mágicos... Tanta ferocidad y horror serían irresistibles sin la riqueza y originalidad de la música que modela cada episodio con delicadeza, profundidad, elegancia, y por momentos con intensidad milagrosa. Tal vez la música de Wagner nos acerque más al diablo y al infierno que a Dios y al cielo pero, no hay duda, gracias a ella salimos de la vida cotidiana y previsible, y accedemos a un mundo de valores y formas distintos a los que estamos acostumbrados, un mundo de excesos y de extremos, de absorbente belleza y aterradores peligros, de pasiones desorbitadas y sensaciones exquisitas. Lo extraordinario es que, después de cada una de las óperas, los wagnerianos de Bayreuth, en vez de tomarse un Válium y meterse a la cama a recuperarse de la tremenda experiencia, invadan las tabernas de la ciudad y apuren grandes jarras de cerveza y fuentes de salchichas”.

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