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El enemigo imaginario de Trump

21 mar 2017 / 00:00

El mes pasado, China conmemoró el 20º aniversario de la muerte de Deng Xiaoping -gran arquitecto del programa de reforma y apertura económica que catapultó el país a los más altos niveles de la economía internacional-, en un momento en que la apertura económica corre riesgo, porque Estados Unidos está bajo la dirección de un presidente que cree que la forma de hacer a su país “grande otra vez” es aislarlo del mundo. El Gobierno de Donald Trump está dando señales de un cambio de actitud hacia China, a la que acusa de aprovecharse de EE. UU. por medio de políticas comerciales como, por ejemplo, mantener el valor del yuan artificialmente bajo. Parece claro que en los próximos años la política económica de EE. UU. hacia China se endurecerá y no puede descartarse una guerra comercial. Pero una mirada más atenta a la postura de China en materia de política financiera demuestra que no existe enemistad hacia EE. UU. Ante el desafío urgente de detener la depreciación del yuan y enfriar un mercado inmobiliario sobrecalentado, el Banco Popular de China (BPC) procuró intervenir lo menos posible y, conforme la economía de China desaceleraba a la par que EE. UU. se recuperaba, el yuan siguió depreciándose, pero no hubo una política activa de devaluación. A fines de 2016, la moneda china se había devaluado un 15 % respecto del dólar en comparación con mediados de 2015, y conforme las expectativas de mayor devaluación se intensificaron, cada vez más inversores decidieron sacar su capital de China. El BPC tuvo que intervenir decididamente para contener la caída del yuan. Para estabilizar las expectativas cambiarias, impuso restricciones más estrictas a la salida de capitales de corto plazo y profundizó las medidas de desacople ya tomadas (el paso de un sistema con una paridad central fija a un paquete cambiario basado en el mercado) mediante el agregado de once monedas a la canasta de referencia del yuan. Eso calmó la tormenta cambiaria en China y estableció un rango de flotación bidireccional entre el dólar y el yuan, un importante paso hacia un régimen de cambio flexible. El BPC adoptó estas medidas antes del inicio del mandato de Trump en enero. Según prestigiosos economistas como Justin Yifu Lin y Yu Yongding, la liberalización total de la cuenta de capital china supondría un gran riesgo para el país. La experiencia reciente demuestra que las cuotas ajustables que aplica China a inversores institucionales extranjeros y locales calificados para gestionar los flujos transfronterizos de capitales a corto plazo siguen siendo una táctica valiosa para proteger el tipo de cambio y las reservas. Siendo un país con un importante volumen de ahorro y un mercado financiero subdesarrollado, China sabe que debe tomar recaudos. En 2013 estableció una zona piloto de libre comercio en Shanghái, para explorar formas de facilitar el flujo de capitales a corto plazo y aplacar las demandas de liberalización financiera de EE. UU. y el FMI, pero siguió desarrollando su marco regulatorio para la convertibilidad de la cuenta de capital y lanzó la iniciativa “un cinturón, una ruta”, para un estrechamiento de las relaciones comerciales y financieras con los países de la región de Asia-Pacífico y el mundo.

Deng decía a los funcionarios chinos que cuando uno enfrenta desafíos nuevos, hay que “mantener la calma, afirmarse y responder”. Es lo que China viene haciendo hasta ahora: implementar una liberalización financiera prudente, según sus necesidades y lógica propias. Diga lo que diga Trump, eso no la convierte en enemigo de EE. UU.

Project Syndicate

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