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El año de Europa, otra vez

21 abr 2017 / 00:00

hace más de cuatro décadas Henry Kissinger, Consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, declaró a 1973 El año de Europa, para resaltar la necesidad de modernizar la relación transatlántica y de que los aliados europeos hagan más junto con EE.UU. en el Medio Oriente y contra la URSS en Europa. Kissinger fue el primero en admitir que los europeos no aceptaron su desafío. Hoy volvemos a enfrentar un año dedicado a Europa. Ahora el impulso de un frustrado gobierno de EE. UU. es menor y el que surge de dentro de Europa, mayor. Lo que está en juego es tanto o más importante. Rusia no muestra señal de retirarse de Crimea o de detener sus esfuerzos por desestabilizar el este de Ucrania y podría emplear tácticas similares contra uno o más de los pequeños países de la OTAN con que comparte fronteras. Los refugiados y el terrorismo inspirado en acontecimientos en el Medio Oriente o el llevado a cabo por atacantes de esta región aumentan la tensión en Europa. El “brexit” ha comenzado formalmente; el calendario y los términos para la salida son factores que determinarán el impacto que esta tenga en el futuro económico y político del RU y de otros países que contemplen su retirada de la UE. Grecia y otros estados del sur continúan agobiados por una tasa alta de desempleo, creciente nivel de deuda y brecha persistente entre lo que se pide a los gobiernos que hagan y lo que pueden hacer. Pero, entre todos los desafíos de la UE, las próximas elecciones presidenciales en Francia son las que revisten mayor importancia para el futuro de Europa y del mundo. Dos de los cuatro candidatos, Marine Le Pen, del Frente Nacional y Jean-Luc Mélenchon, de la izquierda radical, apoyan políticas muy alejadas a la corriente principal francesa y europea. Si cualquiera de ellos gana en el balotaje del 7 de mayo, podría significar el fin de la membresía francesa en la UE y en la OTAN, y plantearía interrogantes existenciales para ambas organizaciones y para Europa. Dichos escenarios eran inconcebibles hasta hace poco tiempo. La base lógica detrás del proceso europeo de integración de seis décadas de duración siempre fue clara. Europa occidental -sobre todo Alemania y Francia- tenía que unificarse a tal punto que la guerra fuera inconcebible. Pero a lo largo del camino el proyecto perdió su conexión con los ciudadanos europeos. Las instituciones de la UE se tornaron demasiado distantes, elitistas y fuertes, y no tomaron en cuenta las identidades nacionales a las que los europeos seguían vinculados. La desacertada creación de una unión monetaria sin contrapartida fiscal empeoró las cosas. La UE necesita ser repensada, alejarse del abordaje de “una talla única” con dirección a algo más flexible, reequilibrar el poder que tiene Bruselas -sede de la mayoría de las instituciones de la UE-, llevándolo a las capitales de las naciones miembros. Los gobiernos deben hacer más por crear condiciones previas necesarias para un crecimiento económico más rápido y mejorar la capacidad de los trabajadores para enfrentar la inevitable eliminación de muchos empleos actuales, por la innovación tecnológica. Alemania tendrá que tomar la iniciativa en la OTAN. Y aunque Asia tenga más probabilidades de ser el continente que dé forma a la historia del siglo XXI, lo que suceda en Europa afectará a la estabilidad y prosperidad mundial.

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