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Depresión pos-Davos

05 feb 2018 / 00:01

Asistí a la conferencia anual del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza -donde la élite global se congrega para discutir los problemas del mundo desde 1995. Nunca salí tan desanimado como este año. El mundo está plagado de problemas prácticamente insolubles. La desigualdad está en aumento, especialmente en las economías avanzadas. La revolución digital, a pesar de su potencial, conlleva serios riesgos para la privacidad, la seguridad, los empleos y la democracia -desafíos que están agravados por el creciente poder monopólico de unos pocos gigantes de datos norteamericanos y chinos, entre ellos Facebook y Google. El cambio climático representa una amenaza existencial para toda la economía global tal como la conocemos. Mas, quizá más desalentadoras que esos problemas sean las respuestas. En Davos la mayoría de discursos de los CEO comenzaron afirmando la importancia de los valores y que sus actividades están destinadas a maximizar ganancias para los accionistas, pero también a crear un futuro mejor para sus empleados, las comunidades en las que trabajan y el mundo en general. Pueden incluso hablar de la boca para afuera de los riesgos que plantean el cambio climático y la desigualdad. Pero el riesgo que más parecía preocuparles es la reacción populista contra el tipo de globalización que ellos han moldeado y de la que se han beneficiado enormemente. No sorprende que estas élites económicas apenas entiendan hasta qué punto este sistema le ha fallado a grandes segmentos de la población en Europa y EE. UU. haciendo que los ingresos reales de la mayoría de los hogares quedaran estancados o que el porcentaje de ingresos de la fuerza laboral disminuyera sustancialmente. En EE. UU. la expectativa de vida ha caído por segundo año consecutivo. No. Se relamían con la legislación impositiva que Trump y los republicanos en el Congreso impulsaron recientemente, que les reportará cientos de miles de millones de dólares a las grandes empresas y a la gente rica a la que pertenecen y que las administra. No les preocupa en lo más mínimo el que la misma legislación, cuando haya sido implementada en su totalidad, se traduzca en un incremento de impuestos para la mayor parte de la clase media, un grupo cuyas fortunas han venido cayendo los últimos 30 años. La legislación impositiva de Trump no debería ser motivo de celebración. Reduce los impuestos a la especulación inmobiliaria. También impone un impuesto a las universidades como Harvard y Princeton, fuentes de numerosas ideas e innovaciones importantes, ignorando el hecho evidente de que en el siglo XXI el éxito en verdad exige más inversión en educación. Para los CEO de Davos los recortes impositivos para los ricos y sus empresas, y la desregulación, son la respuesta a todos los problemas del país. Dicen que la economía del derrame garantizará que toda la población se beneficie económicamente. Las lecciones de la historia son claras. La economía del derrame no funciona y nuestro medioambiente está en una situación tan precaria porque las propias empresas no han estado a la altura de sus responsabilidades sociales. Sin regulaciones efectivas y un precio real que pagar por contaminar, no existe ninguna razón de ningún tipo para creer que se comportarán de otra manera que como lo han hecho en el pasado. Los CEO de Davos estaban eufóricos por la vuelta al crecimiento, por sus crecientes ganancias y compensaciones. Los economistas les recordaron que este crecimiento no es sostenible, y que nunca ha sido inclusivo. Pero estos argumentos tienen poco impacto en un mundo donde reina el materialismo.

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