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Del franquismo a la vida seglar

05 dic 2017 / 00:00

    En España vivió una época de gran felicidad. Era considerado y hasta leído; la intelectualidad joven lo acogía entre sus miembros, los consagrados le trataban con enorme simpatía. En el II Festival de Cine Infantil, Gijón, 1964, fue jurado del premio Arquero de Oro y con su cuento Rumi Guagua, el niño de los Andes, obtuvo uno de los premios Doncel (IX Congreso de la Organización Internacional del Libro Infantil), Madrid, mientras trabajaba una campaña educativa a través de publicaciones de tanta importancia como Sal Terrae, Educadores, Humanidades, Cuadernos Hispanoamericanos. De su pluma aparecieron los siguientes títulos españoles: 1) Un niño quiere leer, en 44 págs. 2) El universitario que no sabía leer, en 48 págs. 3) Carta a uno que no entendía, en 48 págs. 4) Conversar con Jesús, en 32 págs. 5) Bibliografía práctica de teatro para jóvenes, en 9 págs. 6) Los hermanos Karamasov, un himno a la alegría, en 30 págs. 7) La novela nueva llamada a juicio, en 11 págs., que -quién lo creyera- despertaron injustos recelos entre la jerarquía jesuita española. Después continuó con 8) Teatro ecuatoriano, en 39 págs., rápida evocación del movimiento escénico en nuestro país. 9) Trescientas obras de literatura infantil y juvenil, en 23 págs. y 10) Cómo tiene que ser el cine para niños, en 19 págs., libros que deben ser juzgados como obras de apertura hacia nuevos parámetros y formas de ser y pensar. También fue designado en dos ocasiones jurado de cine, viajó mucho y dictó cursos sobre estos temas. De esta época en comillas es su novela para niños Caperucito Azul -imaginada para contarla a sus pequeños amigos españoles- aparecida en 1975, Ediciones Paulinas de Bogotá, presentada en la Feria del Libro de Francfort del 76, que va actualmente por la séptima edición; pero al mismo tiempo su situación personal se volvía difícil y al escribir un artículo titulado Grandes libros buenos y malos y la edad juvenil, el 65 en la Estafeta Literaria, opinando que no había razón para que un joven de quince años no leyera a Dostoievsky, le salieron al paso dos escritores jesuitas de la vieja escuela que le contradijeron por la prensa. ¿Prohibida la lectura de Dostoievsky a los jóvenes de quince años? ¡Qué locura!, pero así iban de erradas las ideas en la España franquista. El asunto se volvió polémico y hasta tormentoso por el revuelo que ocasionó y algo tan nimio sirvió para que algunos jesuitas ortodoxos le negaran la matrícula al siguiente año, a la par que la Orden no autorizó su sacerdocio en España y tuvo que optar por salir de la Compañía de Jesús y permanecer en España, lo que se presentaba asaz dificultoso aunque al mismo tiempo prometedor pues se le abría a futuro el amplísimo panorama europeo, o volver al estrecho Ecuador, aunque menos cerrado. En Quito halló que su posición había despertado recelos y sin tomarle el examen para su aceptación definitiva lo enviaron a dictar clases al colegio Javier de Guayaquil, donde enseñó durante seis meses; pero comprendiendo que se había transformado en un problema, a principios del 66 solicitó su salida de la orden. Unos compañeros opinaron que eso estaba bien porque siempre había sido una pieza dislocada por su afán innovador. Otros dijeron que no, pues lo consideraban un valioso dirigente; pero fue el padre Marco Vinicio Rueda, S. J., quien dio la última palabra, comentando que era una vergüenza que un jesuita joven y valioso por querer trabajar dentro del espíritu de Loyola tenga que salir de la orden. Perdieron a quien hubiera reemplazado exitosamente al sabio Aurelio Espinosa Pólit en el Noviciado de Cotocollao, pero la Patria ganó para el siglo XX al mayor de sus eruditos, pues fue crítico artístico, cinematográfico y literario, estilista, lingüista, gramático, periodista, dramaturgo, bibliógrafo, biógrafo, historiador y varios etcéteras más.

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