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Cuentos de familia y otros cuentos

20 mar 2017 / 00:02

Solo faltaba Pedro, el primo, para completar una significativa antología. Las desavenencias familiares se habían estrenado públicamente con Fabricio, el hermano mayor y a cuyo cuidado parece haber transcurrido buena parte de la vida de Rafael. Es que Correa se habría equivocado con ambos al llamarlos a colaborar con su gobierno, revelando su inhabilidad e ineptitud para escoger bien a sus colaboradores. Lo cierto es que no acertó y su desacierto cobró dramatismo al ofrecer poner sus manos al fuego en defensa de la honra de su primo, de un primo que poco después confesó haber delinquido. “Me equivoqué”, fue toda la respuesta de Correa, sin que cumpliera con su inmolación ni que los daños y perjuicios sean resarcidos. En cuanto a Fabricio, se declaró ignorante de los cuantiosos contratos que este pudo obtener para sí desde los inicios de esta malhadada década. ¡Cuánta falta de perspicacia habría demostrado el presidente que, semana tras semana, vaticina sus imaginados éxitos, anuncia incontables récords de su administración y abomina despectivamente de la oposición, pero que habría sido incapaz de conocer lo que su administración ya conocía! Fabricio llegó a hablar de un supuesto ojo tuerto y Pedro aventuró otro tipo de falencias que generaron estupor y repudio ético. ¡Qué parientes!

Pero estos cuentos no se limitaron al entorno familiar y la pretendida sagacidad de Correa habría sucumbido en la elección de sus colaboradores. Hombres claves de su gobierno le habrían fallado también.

Alberto Acosta, uno de los artífices de la revolución socialista del siglo y señalado inicialmente por Correa como su legítimo sucesor, fue su primer traspié. Hoy, Acosta no pierde oportunidad alguna para despotricar de su antiguo admirador e integra un pequeño grupo de los autodenominados izquierdistas “químicamente puros”, que cautelosamente estarían cerrando filas tras Lenín Moreno. En ese mismo grupo vegeta Gustavo Larrea, exministro de Gobierno y quien, según se dice, habría derramado lagrimones ante el cadáver de Raúl Reyes, líder de las FARC que murió en el campamento ¡permanente! de Angostura (territorio ecuatoriano), a manos del ejército colombiano. ¿Fue Larrea un elemento indeseable, por estar supuestamente vinculado a un grupo terrorista y genocida -del que tampoco renegó Correa- , o simplemente otro error de este último? Sobrevino luego un distinto guión en la narrativa de los cuentos presidenciales, sustentado en una pueril salida: designar un gerente de Petroecuador con facultad ilimitada para celebrar contratos multimillonarios que pasaron a integrar el más grande cúmulo de irregularidades y brindaron la tónica de inocultable corrupción que caracteriza a este gobierno. Afirmó Correa que dicho gerente casi era un desconocido para él, asumiendo su impericia como causal de irresponsabilidad e inocencia.

Los cuentos en los que se ha visto envuelto nuestro presidente no terminan allí, por cierto, pero son suficientes para darnos idea cierta de la ligereza con que se administra nuestro país y se elige a importantes colaboradores que pronto defeccionan.

El cuento final de esta antología tiene como protagonista a Lenín Moreno, su grande y última esperanza de evadir los castigos que sobrevendrían a la administración correísta si Lasso es el triunfador. Paradójicamente, medio Ecuador, cuando menos, espera que Lenín, de ser el triunfador, constituya un salvador desacierto más de Correa y no se preste a ese juego inmoral que le embadurnaría por siempre. El país exige reparaciones y no encubrimientos.

colaboradores@granasa.com.ec

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