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Bannon, el malo

11 ene 2018 / 00:01

El libro que se acaba de publicar sobre Donald Trump y su presidencia disfuncional (Fire and Fury: Inside the Trump White House) ha dejado perpleja a gran parte de Washington. El grueso de sus revelaciones, aunque profundamente inquietantes, no son para nada sorprendentes. Todavía no se sabe a ciencia cierta cómo hizo Michael Wolff, el polémico autor del libro, para obtener parte de su información, pero es de suponer que grabó muchas de sus entrevistas, particularmente aquellas utilizadas para las largas conversaciones que se encuentran a lo largo del libro. Obtuvo citas atribuidas a altos funcionarios sobre cómo funciona, o no funciona, el presidente. Sin embargo, principalmente cuenta lo que la mayor parte del Washington político-periodístico ya sabía: que Trump no está calificado para ser presidente y que su Casa Blanca es una zona de alto riesgo de colaboradores inexperimentados. La única sorpresa es que no hayan ocurrido más calamidades -al menos todavía. Una buena porción de lo que se difundió antes de la publicación del libro tiene que ver con una batalla entre dos de los fanfarrones más charlatanes, discutidores y con más amor propio que haya visto la política estadounidense: Trump y su otrora estratega jefe, Stephen Bannon, quien estaba lleno de grandes ideas sobre cómo debería ser una campaña “populista” de derecha. El problema para Trump es que los ciudadanos a los que estaba seduciendo nunca llegaron a representar una casi mayoría de los votantes. Su famosa “base” está muy por debajo del 40 % de la población. Trump es proclive a depositar sus frustraciones en los demás -nunca tiene la culpa de sus fracasos- e inevitablemente estas frustraciones fueron descargadas sobre Bannon, quien se jactó más de lo que le convenía de su poder en la Casa Blanca, y habló más de lo que debía. Fue desplazado de la administración y se fue en agosto. Aunque él y Trump se mantuvieron en contacto, en retrospectiva, una eventual disputa parece haber sido inevitable. Su mundo político no era lo suficientemente grande para los dos. A pesar de sus desmentidos, fue Trump quien más o menos aceptó permitirle a Wolff, cuya reputación por atacar a sus entrevistados Trump supuestamente conocía de sus años en la ciudad de Nueva York, conversar con personal de la Casa Blanca para un libro. Algunos colaboradores dicen que creyeron que estaban hablando con Wolff “off the record”, o sea que no estarían públicamente asociados con sus comentarios. Pero, aun así, no sirvió de mucho para tranquilizar a un presidente furioso: dijeron lo que dijeron. A los ojos de Trump, el gran pecado de Bannon con respecto al libro de Wolff fue decir cosas sumamente negativas sobre la familia del presidente. Trump amenazó con demandar a Bannon, pero tiene en claro ciertos objetivos, y a los jefes de Gabinete y de la agencia que los comparten -y que no se distraen con la publicación de un relato jugoso del comportamiento presidencial. Mientras tanto, se estaba transformando al Departamento de Justicia, que supuestamente es independiente de la Casa Blanca, en un instrumento partidario para llevar adelante los enconos del presidente. Se estaba reabriendo una investigación de los correos electrónicos de Hillary Clinton y el FBI tendría en la mira a la Fundación Clinton. El uso de una agencia gubernamental para castigar a los opositores previos de un presidente recuerda el comportamiento por el que Richard Nixon fue sometido a juicio político, y sugiere una forma de gobierno que dista mucho de ser democrática.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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