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Adiós a mayo del 68

06 mar 2017 / 00:00

    El próximo año se recordará el quincuagésimo aniversario del movimiento estudiantil de mayo de 1968, que simbolizó la conciencia de vivir una época de insurgencia generalizada en que los jóvenes, con su exigencia radical de transformaciones, expresaban lo que suele llamarse “el espíritu del tiempo”.

    La rebelión juvenil era global: se exigía un cambio cultural y no simplemente económico o político. Quizá por ello los tonos a la vez románticos y nostálgicos de las fotografías negro y blanco que dieron la vuelta al mundo. Época de revoluciones, época de sacrificios humanos. Las protestas de París, la matanza de Tlatelolco unos meses después. O la invasión de Checoslovaquia por las fuerzas de la URSS, que sepultó, por lo menos para algunos de los intelectuales latinoamericanos lúcidos de la época, las expectativas de revoluciones que no terminen, fatalmente, en el cadalso o en el sillón de un confesionario laico, donde el acusado se confiesa traidor a la causa libertaria.

    Lo que ha cambiado radicalmente de hace medio siglo para acá es el sentimiento sobre el significado de las revoluciones. El socialismo del siglo XXI jugó ideológicamente en América Latina a ser el representante del espíritu revolucionario, heredero de los movimientos de izquierda del siglo XX. Nunca sin embargo se preguntó seriamente sobre las causas de los fracasos de esos movimientos.

    En vez de hacer una crítica racional de lo sucedido, se levantó una leyenda maniquea, donde solo existían héroes y verdugos. Nadie habló por ejemplo, en la Argentina de los Kirchner, de la irresponsabilidad política de los Montoneros.

    El espíritu de mayo del 68 francés ha desaparecido en la época de la posverdad. El rostro estético y un tanto nostálgico de la posmodernidad ha tenido que esfumarse en un mundo dividido por los nacionalismos y las luchas autonómicas, el terrorismo y sobre todo por el imperio de la ortodoxia. Ortodoxia basada en el poder, que se ha vuelto más omnipotente, agresivo y atropellador que nunca. Que incluso arrebata las antiguas banderas de la libertad.

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