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La revolución contra el acoso sacude a EE. UU.

El colectivo del #metoo instaura un nuevo umbral frente al abuso de poder. 34 directivos y famosos han caído en dos meses.

27 nov 2017 / 00:00

Lo recuerdan las víctimas. La película solía empezar así. El presentador de la CBS Charlie Rose, ícono del rigor en la televisión americana, invitaba a su casa a la peticionaria de trabajo y, tras ausentarse un minuto, aparecía ante ella en bata y con los genitales al aire. El antiguo cómico y ahora senador demócrata Al Franken aprovechaba que su subordinada estuviera dormida para fotografiarse junto a ella como un sátiro. El entonces asistente del fiscal y ahora candidato republicano al Senado, Roy Moore, merodeaba por los juzgados en los años setenta en busca de menores y, si alguna se dejaba convencer, intentaba fundirse con ella en la oscuridad...

No es Babilonia. Ni siquiera Hollywood. Es Estados Unidos. Una nación que de golpe ha visto caer un velo y emerger la basura oculta durante décadas. En menos de dos meses, 34 altos directivos, empresarios y famosos han sido fulminados por acusaciones de acoso sexual. Hay inversores de Silicon Valley, mandamases de Amazon y Pixar, cineastas, senadores, luminarias culturales, actores, escritores, presentadores... La ola de denuncias ha roto el dique. No pasa el día en que no surja un escándalo y dimita el implicado. Algunos casos son de hace 40 años y otros de este mismo otoño. Pero todos tienen un denominador común: el abuso de poder.

Al igual que ocurriera la pasada década con la pederastia en las iglesias, un nuevo umbral ha nacido. La tolerancia cero con el acoso sexual ha encontrado tierra firme. Y aquello que durante años permaneció silenciado sale ahora a la luz y es juzgado por una sociedad que, bajo el impulso colectivo del #metoo (yo también), apoya a las víctimas.

“Durante demasiado tiempo hemos callado” dijo la muy conservadora e influyente Penny Nance, líder de Mujeres Preocupadas por América, una organización cristiana cercana al presidente Donald Trump.

“¡Ya es hora de limpiar la casa!”, ha clamado desde el otro lado del cuadrilátero ideológico la actriz Rose McGowan. Ella fue de las primeras en acusar por violación al productor Harvey Weinstein, y se ha vuelto un símbolo de la lucha. Su discurso ante la Convención de Mujeres de Detroit marcó un hito. “Durante 20 años me han callado. ¿Y sabéis qué? No lo vamos a aceptar. ¡Todas somos #metoo!”.

Sus palabras recordaron algo que muchos ya sabían. Que el poder y el abuso van a menudo de la mano. Y ahí, en la memoria, aparece Anita Hill. La profesora negra que en 1991 ante 10 senadores se atrevió a testificar por acoso sexual contra el aspirante al Tribunal Supremo Clarence Thomas. Fue humillada y despreciada por ello. Pero su valor quedó en el recuerdo. Y poco a poco ayudó a abrir la falla que ahora hace temblar a América.

En este incendio han jugado un papel determinante los medios de comunicación. Las víctimas han hallado en el cuarto poder un camino que les permite sortear el temor a verse aplastadas por demandas de difamación y costes procesales. Tras su difusión, la pelota queda en el otro campo. Las compañías saben que si mantienen al implicado corren el riesgo de ser acusadas de complicidad. Y la indemnización se puede multiplicar.

Trump, 24 mujeres lo han señalado

La mayor presión recae sobre el presidente Donald Trump. En 30 años, al menos 24 mujeres le han señalado. Aunque ninguna imputación ha prosperado, el tiovivo de escenas incluye desde tocamientos en avión e irrupciones en camerinos hasta besos salvajes a recepcionistas y supuestos intentos de violación. Él siempre ha negado cualquier abuso y hace unos días mostró su “alegría” por la actual ola de denuncias. “Es muy bueno para las mujeres y soy muy feliz de que estas cosas salgan a la luz”.

A LA CARTA