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La vida entre las rejas de la Penitenciaría
Hacinamiento. Aquello es lo que se puede ver en los cerca de 30 pabellones de la cárcel más grande del país. Cuarentena Alta y Baja son verdaderas salas del infierno

Fotos de Daniel Patiño

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Jonathan Miranda / EXPRESO
Gritos de libertad. Este interno enfermo, con varios años en la cárcel sin sentencia, pedía a gritos su libertad el día en que se realizó un conteo general en la Penitenciaría del Litoral.
FOTOGALERÍA

La vida entre las rejas de la Penitenciaría

 El arte de los equilibristas de la calle

 El inquebrantable culto a una santa

 Un clan de rebeldes del pavimento

 El paisaje en gris que pintó el volcán

 Las evidencias del cambio climático

 Juegos de invierno en tiempos del “play”

 Una fiesta para dos cumpleañeros

 Retratos de la euforia del rock urbano

 Vidas en la profundidad del manglar

Basta cruzar las puertas de la Penitenciaría del Litoral para darse cuenta de que aquello, más que una cárcel, parece un pueblo enjaulado donde se aplica la ley del más fuerte.

A los reos se los puede ver subidos en los techos, huyendo de sus compañeros o de los guías que no se atreven a ingresar solos a las celdas durante el día, peor en la noche, porque cualquier cosa les puede pasar.

Mientras por fuera la Policía vigila el perímetro, por donde los presos más débiles luchan por la supervivencia, en un mundo donde confluyen los asaltantes de bancos y asesinos a sangre fría, con personas acusadas de robar una gallina.

Allí dentro nadie responde por las pertenencias. Cuando alguien lava su ropa, tiene que sentarse a cuidarla en el patio porque de lo contrario la pierde.

 

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