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“Voy por 100 años más”

Vicente Rubio Garay vio y fue actor de los cambios de la urbe. Laboró en sitios tan distantes como Afganistán o Nicaragua

18 jul 2017 / 00:00

En el piso 33 del Bankers Club, con una vista panorámica de 180 grados, alrededor de ochenta personas, entre familiares y amigos, festejaron a Vicente Rubio Garay, la estrella de la jornada. Sentado en su silla de ruedas, tan pulcro como de costumbre, Vicente celebró su cumpleaños número cien y aseguró a EXPRESO, sin titubear, que va “por cien años más”. Aún se siente joven, dijo.

Él es guayaquileño y toda su vida se ha dedicado a mejorar el entorno y la salud de los demás. No es médico, es ingeniero civil. Sin embargo, el título de máster en ingeniería sanitaria que obtuvo en la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos, le permitió liderar proyectos impensables. “He tenido más de lo que esperé”.

Vicente fue director técnico de la empresa de alcantarillado de la Municipalidad y gerente de la compañía de agua potable en Guayaquil. Fue el gestor de ambos procesos. Construyó las primeras redes urbanas de potabilización y, asimismo, las primeras plantas que permitirían que las aguas negras y los desechos de los hogares -allá por los años 60- sean tratadas adecuadamente antes de desembocar en el Guayas.

Y tal fue su desempeño, aseguran sus hijos, tres de los cuatro que se encontraban en la reunión, que años más tarde, como representante del Ecuador en la Organización Mundial de la Salud, hizo lo mismo. Fue asesor internacional -creó redes sanitarias- en Kabul-Afganistán y Managua-Nicaragua. “Mi papá es un grande”, dice Gustavo Rubio, uno de sus ‘chicos’, mientras sus hermanas enumeraban las anécdotas que junto a él vivieron en ambas naciones.

Confusiones con otras culturas, las trabas con los idiomas y sus travesías por la mezquita Pul-e Khishti, una de las más afectadas por los combates de la zona, fueron algunas de las historias evocadas. “Recuerdo también las noches de nieve, en las que dormía a 40 grados bajo cero, y a mi vecino que vivía legalmente con cinco mujeres. Yo solo tuve una y me fue suficiente”, matiza con picardía.

Sin embargo, en su baúl de recuerdos constan no solo hechos que lo hacen reír a carcajadas. El terremoto de Managua que experimentó la madrugada del 23 de diciembre de 1972, que arrasó con bancos, edificios coloniales y le arrebató la vida a miles de personas, aún le provoca nostalgia. “He vivido tantas cosas, pero aquí estoy”.

Durante la ceremonia, su clan, integrado además por nueve nietos, cuatro bisnietos y cuatro hermanas (de nueve que tuvo), todas mayores de 90 años, sacan a relucir su optimismo. Y agradecen -incontables veces- por su estado de salud.

Está lúcido -dicen- escribe, dialoga con fluidez y lee libros en inglés. Recuerda incluso episodios políticos/sociales de la década del 60 tanto como los de ahora. Tiene claro que Guayaquil ha cambiado, que atrás quedaron los viajes en tranvía, los baños en el Salado (estero) y que sus barrios se han asentado progresivamente, por ejemplo. “Y de ahora tengo claro que (Rafael) Correa no debe volver”, vuelve a reír.

Así, entre relatos y poemas, el también excatedrático de la Universidad de Guayaquil, celebró su cumpleaños el pasado domingo. “Estoy contento”, dijo previo a despedirse, “a partir de mañana empiezo a darle una vuelta más al sol”.

A LA CARTA