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Seis razones por los que fracasa un proyecto verde

Expertos analizan por qué el 85 % de ideas no despega en Guayaquil y la región. La falta de incentivos y apoyo consta entre los motivos.

14 sep 2017 / 00:01

Si bien en la cuarta edición de los Premios Latinoamérica Verde, desarrollados hace quince días en Guayaquil, quedó claro que cada vez son más las iniciativas que buscan salvar al planeta, en la ciudad -y en sí en Ecuador- aún resulta difícil cristalizar o mantener vigente proyectos de este calibre, ecoamigables. Es un trabajo de hormiga.

A la fecha algunos lanzados desde las aulas, las academias, las fundaciones y los barrios, todos buenos, no han logrado despegar. Constan en la lista los ecocampamentos que se construyeron hace casi ocho años en la isla Puná, la instalación de paneles fotovoltaicos, la creación de materiales de construcción con residuos y las iniciativas que se han lanzado para recuperar el estero Salado.

A los expertos no les asombra. Aseguran que el 85 % de proyectos sustentables generalmente tiende al fracaso. O quedan en ideas. ¿Por qué?

EXPRESO lo consultó con varios activistas. La falta de recursos, el hecho de no estar convencido de salvar al planeta, de promover propuestas difusas, que ignoren la historia, el pasado de la tierra que defienden, son algunas de las razones.

Que en los últimos años Guayaquil recicla más que antes es cierto, dicen. De hecho la empresa Sambito (Soluciones Ambientales Totales) construyó en el 2004 la primera universidad infantil de reciclaje, que luego en el 2013, bajo el nombre de Escuela de Reciclaje, fue replicada y la mantiene vigente la Fundación Malecón 2000.

“Definitivamente en la ciudad ha habido cambios”, precisa Xavier Salgado, director de la organización Medio Ambiente Sustentable. “Sin embargo hay problemáticas, como la del Salado, que pudieron solucionarse con mayor rapidez. El Municipio, Ambiente y la misma sociedad han tratado con un sinfín de ideas de recuperarlo. Lastimosamente con acciones aisladas”. Allí la razón, matiza, del retraso en su restauración.

No hay seguimiento

Para el presidente de Sambito y organizador de los Premios Latinoamérica Verde, Gustavo Manrique, la creatividad y la perseverancia deben ir de la mano al momento de crear y mantener vigente un plan de conservación. Para triunfar es necesario darle seguimiento a los proyectos, precisa. Eso le permitirá a los gestores confirmar si sus ideas se están desarrollando según lo planeado, en el tiempo previsto, según la ley.

“El uso de técnicas y herramientas, los análisis constantes y el diálogo nos dirán si el propósito, aún si está cristalizado, necesita cambios o mejoras en la administración”. Todos los efectos deben identificarse y cuantificarse a menudo: esa es la clave para crear y no perder el enfoque de lo que se está persiguiendo.

Ignoran la historia

De no comprender la ecología actual y pasada del lugar, su política y a su gente, la vida silvestre, los conflictos y el uso de recursos en los hábitats que quieren proteger, las iniciativas fracasarán. Para René Rodríguez, director de la Escuela de Ciencias Ambientales de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo (UEES), el hecho de que ciertos activistas lo ignoren y no entiendan la historia local, los empuja a proponer iniciativas sin fundamento que no logran siquiera convencer a la comunidad. “Que no pueden, por lo tanto, ni empezar por falta de aceptación”.

Faltan recursos

Para el director de la organización ecológica Medio Ambiente Sustentable, Xavier Salgado, otro de los factores está ligado a la falta de apoyo que existe por parte de las autoridades. Y es que si bien estas hablan mucho de salvar al planeta -dice- no aportan con recursos suficientes, ni con ideas, leyes o proyectos que involucren al barrio o la academia en este tipo de temas.

“Con la autoridades siempre ha habido apoyo logístico y a la fecha eso no es suficiente. En otros países, como Chile o Costa Rica, los municipios, los gobiernos confían en su gente, en los activistas. Gestionan sus ideas porque creen en ellas, trabajan en conjunto. Lastimosamente en Guayaquil nos abren las puertas a medias porque creen que estos proyectos no van a resultar, falta convicción”.

Falta incentivos

La falta de estímulos al momento de desarrollar el proyecto incrementa también el riesgo del fracaso. Para enganchar a la comunidad y hacerla partícipe del proyecto, los promotores deben ‘seducirlos’, al menos inicialmente, hasta que les coja el gusto de ‘ser verdes’, con algo que llame su atención. Es algo similar a lo que pasó años atrás con las botellas, dice Rodríguez: bastó que se les ponga precio al plástico para que los 16 millones de ecuatorianos nos convirtamos en recicladores y dejemos de lanzarlas a las calles.

Lastimosamente no todos tienen presente la idea. “Desconocen que este tipo de gestiones, aún no consolidada en la ciudad y la región, requieren de una compensación, sobre todo en los adultos (los niños nacen ya con un chip diferente), para funcionar”.

Ideas sin enfoques

El hecho de que los proyectos estén mal planteados, sean difusos, no tengan fundamentos o, peor aún, no cuenten con un estudio previo que determine, por ejemplo, a quién o qué y de qué forma (y por cuánto tiempo) va ayudar, según Andrea Fiallos, directora de la Fundación La Iguana, los llevará al fracaso.

“Para hacerlos viables, los activistas deben enfocarse y gestionar proyectos en temas que conocen y pueden manejar (lo que no siempre pasa)”. El éxito está en crear proyectos realistas, con objetivos medibles: que involucren a la comunidad, que convenzan a las autoridades (que les diga que vale la pena apostar por ellos) y cuenten con un plan de acción o plan B que, a corto o largo plazo, los ayude a resolver los desafíos que en el camino se les va a presentar. Jamás deben olvidar este paso.

Falta educación

No vas a lograr que la gente se interese por el tema ambiental y asuma responsabilidades, sino educas previa y constantemente a la población, dicen los expertos. “No puedes esperar a que respeten algo que no conocen’’, sustenta Fiallos, al hacer hincapié en que este proceso -que puede durar años- es lo que permitirá que el proyecto perdure y cambie el sistema.

De no llegar a la población, los proyectos se pueden retrasar. Y los objetivos de conservación, en los que se pudo haber invertido miles de dólares, pueden quedar en nada.

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