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Cuando el cielo es un puente

El viaducto de La Prosperina le cambió el panorama a 90 familias. A su sombra hay una avenida en la que nunca llueve

19 mar 2017 / 00:02

La avenida Sexta de La Prosperina, un barrio aledaño a la vía a Daule, es un caso inusual en esta ciudad. Desde que una obra civil de 1.200 metros de largo se terminó de construir de manera oficial una mañana de julio del 2000, nunca más llovió de manera directa sobre ella, y el sol -sus rayos- la penetra casi esporádicamente, escapándose apenas por rendijas.

Sin sol y sin lluvias, las familias que tienen sus casas a lo largo de esta calle viven a la sombra del viaducto que une la avenida Juan Tanca Marengo con la vía Perimetral. Para llegar de un lado al otro, esta obra de ingeniería civil pega un largo salto. En esas instancias, se convierte en un gran techo de hierro y hormigón.

Bajo este, los vecinos barren sus veredas y pasean a sus perros. Los negocios abren cada mañana y se mantienen activos al caer la noche. La obra es nueva, casi 17 años. Los vecinos arribaron al sector hace más de 60 años. Algunos de sus primeros habitantes siguen ahí.

Uno de ellos es Teresa Obando Tepud. Doña Teresita, así la conocen, tiene un bazar que atiende desde la ventana de su casa en la calle Octava. “Bajo el puente el clima es más frío. No sé porqué razón de la naturaleza, solo cada dos años puedo esperar que el sol llegue hasta la puerta de mi casa”.

Puede decirse que bajo ese cielo gris de concreto, la vida transcurre casi sin sobresalto. Nadie desconoce que existe de por medio cierto tipo de inseguridad. “A veces me da por creer que algún carro se pueda venir abajo”, dice Tarcila León, quien arribó al barrio hace 40 años. “Pero luego me digo que la muerte a uno la puede coger en cualquier barrio y de cualquier manera”.

Cada día sobre el viaducto circulan 2.685 vehículos, entre las 07:30 a las 08:30. Los vecinos de la avenida Sexta no los ven, pero los sienten, por el ruido, que atraviesan velozmente por la vía elevada. “Yo creo que es por eso que me he quedado sordo”, dice José Andranjo, esposo de Teresa, pues ese sonido permanente se percibe si se está en la calle, en la sala de cualquier casa, a la hora de dormir o de cenar. Casi nunca desaparece.

Lo otro, que también es latente bajo ese cielo de concreto, aunque no tiene sonido, es el peligro. Cada cierto tiempo, allá arriba se suscitan accidentes, pero todos los vecinos recuerdan uno que se produjo hace cuatro años. Un bus expreso de trabajadores quedó colgado justo al pie de la avenida Quinta.

A pocos metros de ahí, Jimmy Plúas Ponce, de 40 años, quien dice que abrió sus ojos al mundo justo en la misma esquina donde aún reside, asegura que en esos días hubo temor, que el carro no cayó por suerte, y de suerte quedó colgado sobre una intersección. “Si caía iba a parar a la calle. A veces me voy a dormir pensando que algún carro se vendrá sobre alguna casa, pero al día siguiente ya me olvido de eso”.

A veces, la estructura del viaducto parece desintegrarse. En la calle Sexta, Paulo Guacho hablaba con uno de sus clientes que le llevaba a que le revisara su auto. Él tiene un taller automotriz. No terminaban de ponerse de acuerdo sobre el costo del arreglo cuando algo cayó sobre el vehículo: un ángulo metálico que destrozó el capó. “Creo que se soltó de una de las uniones del puente, es que no le dan mantenimiento”.

Bajo el paso vehicular elevado la experiencia de un cielo estrellado desaparece. Cuando anochece, lo que hay son las 20 farolas del alumbrado público, que en algunos tramos no encienden. Cuando la luz natural desaparece, la avenida Sexta genera diversas sensaciones. Hay quienes aseguran que es muy oscura, algo que la hace insegura. “Los robos suceden por gente que llega en moto o en carros y asaltan a quienes caminan por aquí”, dice Edith Trujillo, una peruana que atiende uno de los tres comedores cuyas mesas están sobre la vereda, a la sombra que ofrece la autopista.

Eso también tiene de particular esta infraestructura urbana que construyó al final de su gobierno el presidente León Febres-Cordero: en la avenida Sexta los negocios extienden sus servicios hacia la vereda, con la certeza de que sus clientes seguirán imperturbablemente ahí, así haya un sol fuerte o caiga sobre la ciudad una intensa lluvia.

La historia de un barrio que nació en la montaña

Los habitantes más antiguos aseguran que cuando ellos llegaron al barrio, aquello era montañoso. Solo había una brecha. Al sector arribaban cazadores en busca de venados. “De vez en cuando bajaba el tigre”, dice Luis Moreno Pérez, quien hasta hace 10 años atendió la única panadería en la avenida Sexta.

Las 43 hectáreas que ocupa el barrio, era parte de una hacienda: La Prosperina. La referencia más antigua que existe sobre esta aparece en abril de 1879, en un periódico de la época.

En el registro histórico se reconoce como propietario a Eduardo Arosemena Merino, un comerciante y banquero panameño que fundó el Banco Territorial y gerenció el Banco del Ecuador.

El barrio fue ocupado por medio de un proceso de lotización. Su ocupación sucedió a partir de 1968.

En esos días aparecía como su propietaria Beatriz Gómez Iturralde.

A LA CARTA