sábado, 16 diciembre 2017
01:03
h. Última Actualización

Coimas, cerveza, chuzo y orina en el Santa Ana

La entrada al sector de las escalinatas queda sin orden después de las 22:00. Los dueños de los bares levantan su protesta.

07 ago 2017 / 00:01

Extiende un banco de plástico al cliente y ofrece: “No solo tengo chuzo. Aquí hay de todo: encebollado, jugos y hasta marihuana”. La carcajada que suelta es estruendosa. El recién llegado la mira inquieto. Ella se adelanta al pedido. “¿Quiere cerveza tapiñada? Dólar, setenta y cinco no más. Más barato que en los bares. Es que acá no se paga piso”. Ríe otra vez. Son las 22:00.

“¿Y si le da ganas de orinar?”, indaga una recién llegada que se cola en la conversación. “Detrás de esos carros, pues. Ahí es frío”, responde la mujer, con voz cervecera.

En realidad “es frío”. No solo porque es agosto y el viento sopla tan fuerte que enciende con intensidad el carbón de la decena de parrillas que llegan a los bajos del cerro Santa Ana, sino porque nadie prohíbe el uso del “nuevo” urinario público, un rincón que resiente las narices de quienes pasan a medio metro del parqueadero improvisado en la entrada.

Este escenario contrasta abismalmente con el que ilumina el novedoso y cada vez más opulento Puerto Santa Ana, donde “estas cosas”, según los guardias de las escalinatas, “no se ven ni se permiten jamás”.

Una carreta de las que están en los bajos del Santa Ana puede llegar a costar hasta 300 dólares y deja una ganancia de unos $ 80 al día (solo salen jueves, viernes y sábados). A eso le restan 5 o 10 que, aseguran, deben darle -cada uno de los tres días- a la seguridad de la zona. “Ya está arreglado. Solo pasan a determinada hora y cobran”.

Hay cuatro informales que no tienen carreta. Venden cerveza en los exteriores de la escuela que está en el sector, al lado del escalón uno. Aprovechan el portal oscuro para postrar allí sus hieleras. Uno de ellos es muy conocido por llevar, hasta donde se siente el cliente, opciones surtidas de trago. Incluso puro fuerte y “otros pedidos especiales”.

Esa esquina, en horas de la madrugada, cuando todo el alcohol llega a la cabeza de los bebedores callejeros, es usada como hotel. “Ya se puede imaginar”, dice con tono de decepción Tatiana Vélez, miembro de la Asociación Cultural del cerro y dueña del bar Casa Grande.

Reconoce que el escenario abruma a los bares. Es común ver por allí a grupos de jóvenes pasearse frente a estos con cerveza en mano. A veces, sin embargo, ni si quiera eso es lo que incomoda, sino que el sector se haya deteriorado tanto que ahora es inseguro. “Esto ahuyenta a los turistas y nadie hace nada por controlarlo”, sentencia Liliana Rendón, dueña del emblemático Diva Nicotina.

“Si los guardias hicieran su trabajo y no fueran corruptos, no habría informales allí”, defiende el vocero de la Policía Metropolitana, coronel Roberto Viteri, que aclara que su equipo solo trabaja hasta las 22:00. La hora en que empieza todo en los bajos del Santa Ana.

Coimas, cerveza, chuzo y orina en el Santa Ana
Hasta cerca de las 03:00 se encuentra a los informales en los bajos del cerro. Allí, ciudadanos prefieren comprar cerveza en vaso y usar la calle como baño.
A LA CARTA