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A la escuela, en la sala de un hospital

Un grupo de 200 menores, internados en el Francisco de Icaza Bustamante, estudian en el sanatorio para no perder el año

17 feb 2017 / 00:02

Mientras en el área de consulta externa los padres de familia esperan que sus niños sean atendidos, en el quinto piso del hospital Francisco de Icaza Bustamante, Keneth se prepara para otra jornada de clases.

El niño, un pequeño de 10 años con insuficiencia renal crónica, practica con vehemencia -pese a estar enchufado a un monitor y un suero- una serie de juegos mentales y las tablas de multiplicar.

Es machaleño, cursa el cuarto grado en la escuela Dr. José Jaramillo Montoya (Machala) y permanece sentado en un rincón del área de nefrología del sanatorio. Está a la espera de recibir una sesión de diálisis y mientras lo hace contesta, casi sin equivocarse, las preguntas que le formula su maestra.

A lo largo de la hora que dura su sesión, el infante pocas veces se queja del cansancio. Mas, cuando lo hace, su madre, quien siempre lo acompaña, pide hacer una pausa para tomarle la temperatura, darle agua, acariciarlo o acomodarle la pijama.

Todos los días, Keneth recibe sus clases -personalizadas- de 9:00 a 10:00. Algunas veces, como ayer, en el pasaje; y otras, en ese colorido salón (dotado de láminas, pupitres, pinturas, libros, marcadores y sillas) que lo traslada mentalmente a uno de los espacios más influyentes de su vida, como es la escuela. El área se levanta en el tercer piso de la institución.

A unos cuantos metros y escasas habitaciones de donde se encuentra él, yace en una cama Joseline. Ella permanece aislada, con mascarilla, conectada a un tanque de oxígeno.

La menor tiene 14 años y fue diagnosticada en Loja, su ciudad natal, con tuberculosis.

Lleva casi un mes y medio internada y para no perder clases, pasar de año y graduarse, al igual que Keneth, refuerza sus contenidos escolares (en Ciencias, Física, Álgebra y Química) con una de las docentes del Programa de Atención Educativa Hospitalaria, implementado por el Ministerio de Educación, desde 2006.

El plan, que busca garantizar los estudios de los jóvenes que no pueden ir a clases por estar hospitalizados, se puso en marcha en el sanatorio recién en agosto pasado. Y desde entonces, 200 pacientes, se han beneficiado con él. De ellos,, el 60 % son de Guayaquil.

Para Jenny De Mori, coordinadora de Capacitación y Docencia del Icaza Bustamante, este programa ha modificado considerablemente el entorno del doliente. Le ha devuelto la esperanza, asegura, en pocas palabras, las ganas de vivir.

“Con los libros y los deberes, que muchas veces sirven como escape, el infante se ha desconectado de su realidad. Está con jeringas, sí; monitores, tubos y enfermeras, pero aun así tienden a pensar que -de a poco- están volviendo a ser un niño normal”, explica De Mori.

Al momento, los trabajos y las tareas de los estudiantes son calificados por las tres docentes que forman parte del proyecto. Las notas son validadas por el Ministerio de Educación y enviadas luego a cada uno de los planteles.

Keneth, quien asegura ser el mejor estudiante de su clase, sueña con volver a Machala. “Quiero ver a mis amigos, usar mi uniforme, quiero dormir en mi cama, saltar, correr, volver a jugar”, señala el menor.

El año pasado el proyecto, que se inició en Quito y se mantiene activo en el hospital Carlos Andrade Marín, benefició a 5.158 dolientes de primaria y secundaria a nivel nacional. Este llegó no solo a los hospitales, sino también a casas de acogida, como la Libertadores y Juan Elías, en Guayaquil.

Para este año está previsto que dos maestras adicionales se sumen al grupo del Francisco de Icaza Bustamante.

Las autoridades han hecho la solicitud a Educación. Lo consideran necesario para ayudar a un promedio de 500 infantes que son internados al año en esta casa de salud.

A LA CARTA