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Un deporte nuevo se toma Guayaquil este viernes
Un combate en el que “vale todo”
Un médico cirujano, un ingeniero, un guardaespaldas, entre otros, se verán las caras, el próximo viernes, en el octógono del coliseo Honorato Haro. Serán ocho combates a muerte de “Vale Todo”, un coctel de artes marciales que empieza a ganar adeptos en Guayaquil. Jorge Delgado
Redacción Guayaquil

Son las 20:00. Dúder Gámez, de 33 años, ha terminado su jornada de trabajo como guardaespaldas de una personalidad del Municipio (prefiere omitir el nombre). Ahora camina a su casa, una humilde vivienda del popular sector de Mapasingue este. Allí lo esperan, además de su esposa y una hija de 7 años, extenuantes horas de entrenamiento frente a un rudimentario saco de boxeo.

Gámez, el “Bárbaro de Mapasingue”, entrena frente al bulto que cuelga de las vigas de su casa. Sin preámbulos, luego de saludar a su esposa e hija, con sus puños cerrados “El Bárbaro” golpea el saco una y otra vez. Los cimientos de la construcción vibran.

Gámez es un rudo hombre de campo: mide 1,90 metros, y apenas ríe. Sabe que restan cinco días para la noche con la que ha soñado toda su vida: salir en hombros del Ecuadorian Fighting Championship 4 (EFC). O lo que es igual: el campeonato nacional de “Vale Todo”, a realizarse el próximo 16 de octubre, en el coliseo Honorato Haro, del complejo de la Federación Deportiva del Guayas, en el barrio Miraflores.

Lejos de la casa de Gámez, casi al otro extremo de la ciudad, en el sector de La Garzota, está el hombre que promete darle una paliza inolvidable: Leonardo Iturralde, “El Aniñado”, vicecampeón mundial de Jiu-Jitsu brasileño.

Iturralde es un ingeniero en desarrollo de la negociación que practica todos los días este peligroso arte. Contrario de Gámez, Iturralde tiene su propio gimnasio, con colchonetas y pesas de primera.

“Aquí -dice Iturralde, un hombre ligero pero rudo en sus facciones y en sus maneras- me forjé el camino al podio mundial”. Este ha prometido atravesársele en los sueños al guardaespaldas Gámez.

No serán los únicos que salten al octaedro (jaula) del “Vale Todo” esa noche -es una velada con más de media docena de combates-, prometen ser el enfrentamiento estelar, el que pagará el boleto de la entrada (10 y 25 dólares).

Bueno, también aspira a hacer otro tanto Roberto Bitar, un prestigioso cirujano plástico del que nadie sabe si su tarea es romper rostros en el ring para recomponer en el quirófano.

Bitar afirma, sin embargo, que su amor por las artes marciales es mucho antes que su profesión. Este viernes, tras 20 años de práctica, será la primera vez que suba a la jaula del “Vale Todo”.

En las mañanas, Roberto es un cirujano, de bata blanca. Por las tardes un experto practicante de Jiu-Jitsu que viste kimono. Es, a decir de muchos, el padre del Jiu-Jitsu nacional: fue uno de los pioneros en el país.

La fauna del “Vale Todo” -una mezcla de karate, muai-tai, kick-boxing, boxeo, lucha libre, grecorromana, taekwondo y sambo, entre otros (ver apoyos)- se prepara a vivir su fiesta. Iturralde lo define con candor: “soy un afortunado en poder vivirlo”.

Lo dice un hombre que entrena 3 horas diarias, y que ha puesto a dormir a más de uno; que comparte sus conocimientos con 50 alumnos y tiene entre ceja y ceja acabar con Dúder cuando este viernes suene la campana en el coliseo miraflorino.

Es un decir, pues Dúder, con sus 1,90, no será un contrincante fácil. Tiene como inspiración a su pequeña hija, a quien dejó de llevar a los combates, “pues empezaba a llorar cuando me golpeaban”.

En realidad, Dúder ha hecho su carrera en solitario, pues a la familia no le gusta mucho ese deporte. “En realidad toda mi carrera como luchador la he desarrollado a escondidas, sin que mis viejos sepan”, aclara.

Quienes lo conocen de vista se inventan todo tipo de fábulas: desde que es un ogro venido del campo, hasta que tiene cara de matón de esquina. Cuando lo conocen de verdad, se dan cuenta de su dimensión humana.

A diferencia de Gámez, quien es un hombre que desde niño realizó trabajos de campo, Iturralde, de 1,87 metros de estatura, la ha tenido más fácil en la vida. Todo lo suyo ha sido a vista y paciencia de la familia.

El amor por estos deportes lo lleva en la sangre. Además de dos hermanos quienes practican artes marciales, su padre fue taekwondista y físicoculturista: “en mi casa entienden que mi pasión son los deportes de combate”.

Aunque es un tipo sencillo y amable, con Iturralde nadie se atreve a hacer bromas. Desde que su hermano Juan Manuel lo inició en este deporte, ha participado en tres combates. Todos los ha ganado.

Al igual que Gámez, sobre Iturralde también caen botellas. Creen hacerle daño con decirle aniñado: “en el ring, tatami u octógono, los calificativos de la gente son lo de menos”, dice, dibujando una leve sonrisa en sus labios.

A diferencia de Iturralde, Gámez llegó al “Vale Todo” por necesidad: “el entorno violento en el que vivo me obligó a escoger este camino”. De hecho, el “Bárbaro de Mapasingue” es definido como un peleador callejero, de esos que se cargan al cantinero con mesa y todo, como en las viejas películas del Oeste americano. Pero esa es una definición vaga: en 2008 Gámez fue campeón nacional de lucha libre.

Lo de Iturralde, en cambio, es algo más elaborado: “desde que vi los vídeos de ‘Vale Todo’ en Estados Unidos, supe que eso era lo que yo quería practicar”, dice. “Gracias al entrenamiento he logrado conseguir mis metas deportivas”, cuenta Iturralde, quien ha hecho de este deporte su modus vivendi: es profesor y propietario de su propia academia.

“Soy un afortunado en poder vivir de lo que me apasiona”, cuenta Iturralde, quien más que ansioso en subir a la jaula a enfrentar al “Bárbaro de Mapasingue” por una bolsa que podría alcanzar los 3.000 dólares, está ansioso por ver en el área de combate a su primer entrenador, maestro y tutor: Roberto Bitar, “el cirujano”.