jueves 18 de marzo del 2010 | Actualizado 13:39 (GMT -5)

 
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El catamarán que defiende la AmazoníaEn esta embarcación seis tripulantes promueven la iniciativa de no explotar el petróleo del YasuníAlejandro Santillán Magaldi
Especial para EXPRESO

Después de 31 días de espera, recién el pasado 7 de abril, el argentino Norberto Novik consiguió el permiso de la capitanía de puerto de Coca para la navegación del catamarán Andarele, que él construyó en Quito con la ayuda del ecuatoriano Vinicio Hernández. A bordo de esta embarcación lleva delante el proyecto “Defendamos la Amazonía desde el Yasuní”.

La historia de la expedición nace de Novik, quien al igual que sus abuelos rusos y alemanes, que huyeron de la Segunda Guerra Mundial a Argentina, escapó del genocidio que la Junta Militar del general Rafael Videla desató en los años 70 contra los jóvenes.

Tras deambular por América Latina terminó en Ecuador. Desde hace 30 años, en las quebradas del volcán Ilaló, cerca de Tumbaco, parroquia rural de Quito, ha funcionado un extraño taller, al que llegan intermitentemente músicos de Viena, Londres, Nueva York y Tel Aviv, con carísimos instrumentos de concierto, para que Norberto Novik los arregle, pues es uno de los pocos expertos en el mundo en rehacer valiosísimos instrumentos antiguos.

Pero en los últimos años, “El Gaucho”, como le dicen los amigos, se ha dedicado con pasión a construir su barco, un catamarán de once metros de eslora y cuatro de manga, al que bautizó Andarele.
Contando con la colaboración de la Comisión Ishpingo Tambococha Tiputini (ITT), junto a la Fundación Pachamama y con la ejecución de un grupo de jóvenes científicos, artistas y aventureros, se dispone, apenas suba el nivel del agua en el río Napo, a zarpar hacia el Amazonas, y por este al Atlántico, y allí, en las ciudades, pueblos y las aldeas ribereñas, promover la iniciativa ecuatoriana de mantener sin explotación petrolera la maravilla natural del sistema de ríos y lagunas del Yasuní, y de pedir a cambio de dejar bajo suelo 400.000 millones de toneladas de carbono, que contaminarían a la atmósfera, el apoyo efectivo de los países desarrollados.

La espera sirvió para que la Marina Nacional adoptara como suyo este proyecto, que llevaría además al tricolor nacional a ondear en el Amazonas. Al día siguiente, de la partida, en un acto emotivo se juntaron autoridades navales, provinciales, representantes de las fundaciones auspiciadoras y amigos para despedir a los viajeros.

El grupo, dirigido por el capitán de la nave, Norberto Novik, e integrado por el biólogo Inti Arcos, el guía Alejandro Lazatti, el músico Pablo Beler, y los productores independientes Siegmund Thies y Alejandro Santillán Magaldi, partió mientras los músicos locales cantaban “...Todo lo que quise yo, tuve que dejarlo lejos...”.

La travesía se truncó cuando en un bajo se fondeó la nave. Entonces, Inti Arcos confirmó que la sedimentación de los ríos amazónicos, debido a varios factores, incluidos los grandes deslizadores de las petroleras, hace cuestionable la vía fluvial interoceánica Manta-Manaos. Después de cinco días de espera la travesía continuó con la ayuda del Ejército y cuando las oraciones para que llueva aumentaron el nivel de las aguas. Entonces, el catamarán llegó a la entrada del Yasuní.

El recorrido

“Las maravillas del ballet acuático y la vaca voladora”
“Entre las lagunas del Yasuní titilando en un fulgurante atardecer amazónico. Apenas si me atrevo a respirar, por el mismo miedo sutil que da despertarse de un hermoso sueño. Más allá de mi sombra avanzan saltando, en su ballet privado de bufidos estridentes y acrobáticos saltos aéreos, dos delfines rosados que se pierden tras la silueta del catamarán Andarele, que lento, navega con sus velas al viento.

“¡...Alejandro, el micrófono…!”, me grita Siegmund Thies, un poco enojado por mi ensimismamiento, mientras presiona el obturador de la cámara para filmar a un grupo de lagartos que nadan perezosamente a nuestros pies.

Pero en el Yasuní la realidad se parece al sueño. Una bandada de cientos, talvez miles de garzas azules llegadas desde el matto grosso brasileño para anidar, se eleva en una concertada explosión de plumas y brillantes colores al cielo escarlata de la tarde, para enseñar a volar a sus polluelos; y casi de inmediato, como siguiendo la partitura de una orquesta, un aleteo brusco a nuestras espaldas y una sombra grande algo desgarbada, nos anuncia la presencia del watsin, un auténtico fósil viviente, un extraño pájaro rumiante con garras en sus alas, una auténtica vaca voladora que sobrevivió a la muerte de sus coetáneos, los dinosaurios, gracias a que el Yasuní no se congeló en la era glaciar.

Nadie podría imaginar un lugar igual, ya que pocos o quizá ningún rincón del planeta alberga 2.000 especies de peces, 1.825 de árboles, 567 de aves, 188 de reptiles y anfibios, 80 de murciélagos, 50 de palmeras. Entonces, surge la esperanza de que los esfuerzos del Gobierno, esta expedición, e indígenas salven al Yasuní”.