Es casi mediodía del miércoles. El esmog de cientos de vehículos y el elevado grado de humedad que caracteriza a la metrópoli porteña en cada invierno tornan al aire pesado de respirar.
Miles de guayaquileños transitan por las calles y por espacios públicos como el Malecón Simón Bolívar, y entre ellos se encuentran dos jóvenes, quienes de forma disimulada buscan apartarse de los cientos que ocupan un espacio frente al río.
Recorren con sus ojos la plazoleta cívica, el vagón del ferrocarril frente al edificio del ex Banco La Previsora, las bancas que permiten el descanso de almas agitadas por el trajín diario de una ciudad que nunca duerme. Ningún sitio los satisface...
Planean con sigilo, como si se tratase de un delito, demostrar su amor con un beso. Pero no con uno de esos “piquitos” inocentes y desabridos que dejan con ganas a los enamorados, sino con uno intenso, de los que llevan consigo kilos de pasión y una pizca de lujuria.
No importaba el intenso calor, ni tampoco la humedad que vuelve pegajosa la piel de todo aquel que permanece bajo el sol guayaquileño. Solo primaba el deseo de prodigarse una muestra más de amor.
A lo lejos divisan una de las torres, que hacen las veces de mirador, a la altura de la calle Illingworth. Sonríen pícaramente convencidos de que en ese lugar nadie los interrumpirá y que tampoco darán un espectáculo poco agradable a la vista de los turistas que diariamente caminan por el lugar.
Suben aceleradamente las escaleras y sus corazones laten cada vez con más fuerza, más por la emoción del momento que por el esfuerzo que representa llegar hasta la parte más alta de la infraestructura.
Ya arriba, toman aire y en ellos es notoria la intención de perder nuevamente el aliento, pero a punta de besos.
No hay tiempo que perder. Los cuerpos se funden en un abrazo, las caricias en el cabello de la joven son cada vez más tiernas y la mirada de ella parece derretirse ante la presencia desaliñada del joven, quien tiene apariencia de roquero.
Cuando los labios están a punto de tocarse... ¡Zas! Cual Chapulín Colorado aparece un individuo uniformado, con una radio en la mano, siguiendo instrucciones de una voz que suena distorsionada desde el otro lado del intercomunicador.
“Señores, por favor. Está prohibido besarse aquí”.
De nada sirvieron las planificaciones de Daniela Campoverde y Freddy Román. Ni tampoco las mentiras de que “solo nos íbamos a dar un piquito”.
Toda la estrategia fue directo a la basura, y más con molestia que con vergüenza decidieron irse ante la atenta mirada del guardia que no los perdió hasta que cruzaron la avenida.
Un sentimiento similar experimentó el fotógrafo ecuatoriano Luis Bustamante, quien por poseer una cámara semiprofesional y no una de bolsillo, fue impedido de fotografiar a su hijo a la altura de los Jardines del Malecón, la noche de ese mismo día miércoles.
También lo vivieron los hermanos María Fernanda y Carlos Montalvo, ambos dedicados a la pintura. Ellos, a escondidas, bosquejaban a los caminantes nocturnos a la altura del “Monumento a los Donantes”, para cumplir con un deber del preuniversitario de Marketing de la Universidad Laica, institución a la que aspiran ingresar.
Lograrlo fue una odisea. Cada vez que Mafer sacaba su lápiz para avanzar, Carlos hacía de “campanero” y le indicaba cuándo debía parar. Luego los papeles se invertían. Por ello, el trabajo demoró más de lo previsto por los jóvenes.
Se vieron obligados a trabajar de esa manera porque dos veces recibieron llamados de atención de los guardias, en otros lugares del malecón, “por realizar actividades artísticas sin permiso”. (FPL)
La culpa no es del Cabildo La mayoría de personas que acuden frecuentemente al Malecón Simón Bolívar considera que los controles que ejercen los guardias “son positivos, pero exagerados”.
Una encuesta efectuada a lo largo del sitio turístico refleja que en muchas ocasiones los guardias adoptan actitudes intransigentes y que pocas veces están dispuestos a dialogar con el turista.
“Solo saben prohibir y no dan argumentos. Eso es lo que más molesta”, comenta la guayaquileña Ana Parrales, quien en varias ocasiones ha sido objeto de llamados de atención por parte de los uniformados.
Los consultados señalan que no responsabilizan de los excesos a la Municipalidad, sino a la institución encargada de la seguridad “ya que no se prepara a los guardias”.
Un caso similar se presenta con las coberturas periodísticas. A los camarógrafos y fotógrafos se les prohíbe el ingreso, salvo que tengan en su poder una carta de autorización por parte de las autoridades de la Fundación Malecón 2000.
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