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Del suburbio al Mundial

El campeón del Ironman 70.3 de Manta, Andrés Carranza, nació en el Cristo del Consuelo, corrió con el 80 % de la indumentaria prestada e irá a Sudáfrica.

11 ago 2017 / 00:00

El casco, el traje y la bicicleta de Andrés Carranza lo hacen ver imponente. Mientras pedalea, su presencia es la de un deportista de élite, de esos que han pasado toda una vida viajando por el mundo en competencias internacionales. Pero de eso, poco o nada. El 80 % de la indumentaria que lleva es prestada y el Ironman 70.3, en el que consiguió erigirse como campeón el pasado 30 de julio en Manta, era su debut oficial en el triatlón.

No todo lo que brilla es oro y Andrés es muestra de ello. Con 20 años, aprendiendo recién a nadar en septiembre pasado, luego de hacer rifas y colectas para la inscripción; con piezas de la bicicleta prestada y ropa dada en concesión, el guayaquileño se convirtió en ejemplo de tenacidad al imponerse en la división de 18 a 24 años de la prueba que juntó a más de 1.500 deportistas de 20 países.

Su idilio con el deporte fue siempre el ciclismo. Desde los 12 años fue seleccionado del Guayas y ganó campeonatos provinciales y nacionales, hasta que en el 2014 lo dejó todo por falta de apoyo. “Ya era categoría Mayores y no tenía ni para comer”, cuenta.

Tras graduarse, intentó tres veces entrar a la universidad y, aunque logró el puntaje necesario, nunca lo hizo por falta de cupos, así que buscó trabajo. “Crecí en el Cristo del Consuelo (sur de Guayaquil). Solo somos mi mamá y mis dos hermanos y las necesidades eran muchas”, dice. Fue entonces que entró a trabajar en una tienda de zapatos y el ciclismo lo buscó hasta allá.

Un día, un cliente lo devolvió a las pistas e inmediatamente se estableció el nexo con Cubabike, tienda de bicicletas, donde hacía falta alguien que trabaje en el aseo y la mecánica y Andrés encajó perfectamente. Iba y venía a casa todos los días en bicicleta. Así entrenaba.

En septiembre del año pasado aprendió a nadar (no sabía ni flotar) y dos meses más tarde ya estaba en competencias locales. Nunca había hecho triatlón “Todo sucedió muy rápido. La bicicleta que manejo no es mía (solo las dos llantas traseras cuestan $ 3.000), un amigo de la tienda me dio el casco y la malla la compré y la estoy pagando con mi sueldo. Solo 120 dólares cojo para mí, el resto va a mi casa”, dice argumentando que el triatlón lo volvió a la vida.

Hoy Carranza descansa. El mes próximo volverá a entrenar. En febrero del 2018 tendrá su primer tope comprobatorio y en septiembre será la cita de Sudáfrica, para la que aún busca financiamiento.

A LA CARTA