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Manzanas, el fruto ‘prohibido’ del Malecón

Los 20 millones de visitantes al año son un imán para los vendedores ambulantes. Ellos arriesgan su integridad saltando los muros.

08 mar 2018 / 00:00

El calor baja unos grados a medida que en el firmamento asoma la Luna en cuarto creciente. La zona del malecón Simón Bolívar hierve. Está repleta de sudorosos pero sonrientes visitantes. Afuera del recinto, decenas de ágiles jóvenes que visten ropa ligera se alistan como si fueran a correr los 100 metros planos. Pero no, su carrera es para tomar casi por asalto este gigantesco parque urbano. Su carrera es por la subsistencia.

Son vendedores ambulantes que a diario se encaraman por el enrejado de hasta tres metros de altura para ingresar al gran jardín, con el arrojo de un felino que ha oteado su presa. Su destreza es destacable, pues sobre sus cabezas llevan pesados tableros de plywood de 30 por 40 cm, y sobre estos, jugosas manzanas acarameladas, esa golosina infaltable en los parques de diversiones.

Verlos correr, saltar los barrotes y agacharse sin que se caiga o aporree uno solo del centenar de dulces que llevan cada uno, es todo un espectáculo extra que ofrece el Malecón. Los turistas extranjeros son los más asombrados por el extraño malabar. No comprenden porqué estos chicos no utilizan simplemente las puertas para ingresar. Pero al ver luego cómo evaden a los guardias, es cuando entienden que se trata de una actividad no permitida allí.

Adentro, los mercachifles aprovechan los tramos más concurridos del Malecón para perderse entre la gente, también tienen escondrijos en algunos lúgubres sectores de playa, entre la infraestructura de cemento y el río Guayas.

¿De dónde son? ¿a quién responden? La mayoría es de diferentes barrios populares de Guayaquil y Durán. De este último cantón es Bryan Arroyo (19), un afroecuatoriano que hace 9 años dejó de estudiar para constituirse en el sostén de su hogar.

“Tengo que trabajar para mantener a mi mamá que está enferma y a dos hermanitos”, revela el joven, quien viste zapatos deportivos, calentador y camiseta gris sin mangas.

Su atuendo es similar al de sus colegas “manzaneros”, pues es el apropiado para correr, saltar las verjas y escabullirse durante sus jornadas que terminan a la medianoche, cuando cierra el Malecón.

Uno de sus compañeros es Derian Borja (21), otro afrodescendiente que dejó el colegio para vender las manzanas de caramelo, un oficio que le enseñó su suegro.

Aparte de ser uno de los más ágiles para irrumpir furtivamente en el parque de 2,5 km de longitud, es quien enseña a sus amigos a preparar el dulce. “Aunque no lo crea, estas manzanas no son fáciles de hacer”, dice a EXPRESO con ese gesto de quien posee la receta secreta de un exótico manjar.

La caja de cien manzanas les cuesta $ 27. En el azúcar, químicos y grageas, gastan otros $ 5. Por eso cuando en un buen día logran vender cada una a $ 0,50, su ganancia es de unos $ 20, cifra que les ayuda a poner el pan en sus mesas. El problema es tratar de venderlas.

Apenas llegan a los alrededores del Malecón encuentran su mayor obstáculo: la Policía Metropolitana. “Ellos nos persiguen en la parte de afuera y cuando nos agarran nos tiran la mercadería al piso”, relata José Sánchez (25), un vendedor de snacks del Guasmo, quien trabaja junto a los expendedores de manzanas de caramelo.

La segunda dificultad es el enrejado que en la parte norte del parque ha sido elevado desde el año pasado hasta los 3 m. Quienes logran pasarlo sufren heridas a causa de las puntas de los barrotes. Pero este acto imprudente podría costarles hasta la vida. Y ellos lo saben.

Con 16 años, Edú es uno de los más jóvenes de estos informales y aún no se atreve a cruzar la cerca. “Todavía no me arriesgo. Podría quedarme clavado allí arriba”, admite el chico de cabello zambo, quien por ahora solo vende en la parte exterior.

Una vez adentro están los guardias del lugar. Cuando son vistos por estos, son sacados del recinto. El ingreso allí es libre pero los informales son parte de las pocas excepciones en las que Malecón 2000 se reserva el derecho de admisión.

¿Por qué no buscar un lugar menos complicado para trabajar? La respuesta de los chicos es unánime: ni los parques Forestal y Samanes, ni siquiera el Malecón del Salado tiene tanto público como el malecón Simón Bolívar, que en un día feriado recibe hasta 200.000 personas, según la Fundación que administra el lugar.

“Es el más turístico de Guayaquil -añade Arroyo-no hay ningún otro sitio mejor para vender”.

“Queremos trabajar en orden, con un carné”

Los manzaneros del Malecón, como se autodenominan estos vendedores, piden al Municipio y a la Fundación Malecón 2000 que, previo un censo, les permitan trabajar ordenadamente dentro de estas instalaciones. “Lo único que queremos es trabajar en orden, con un carné y uniforme”, expresó Bryan Arroyo, una especie de líder de estos trabajadores autónomos.

Personas que ven a diario el trajinar de estos jóvenes, como la catequista Ligia Ordóñez, se han contactado con ellos y les han ofrecido ayudarlos en este sentido.

Malecón 2000: se los retira con respeto

Las ventas ambulantes se desbordan en diversas zonas y calles de Guayaquil. Sobre su prohibición en los malecones, la Fundación Malecón 2000 recordó que, por su calidad de zona regenerada, allí no se permite la presencia de vendedores. El protocolo que siguen los guardias de seguridad, cuando los detectan, es solicitarles que se retiren del lugar, llevándolos hacia las salidas. “Todo esto siempre dentro del marco del respeto y orden”, subraya María Luisa Barrios, vocera de la fundación.

Malecón 2000 considera difícil cuantificar el número de estos informales en sus instalaciones y en cuanto a las rejas que se han venido reforzando desde el año pasado, “son una protección adicional por un tema de seguridad general” del recinto, “que continuamente trabaja por ofrecer espacios seguros para el entretenimiento de los visitantes”.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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